Discurso del Presidente Javier Milei en la institución educativa Yeshiva Darchei Torah, en Nueva York, tras recibir el Premio Ohev Yisrael

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Discurso del Presidente Javier Milei en la institución educativa Yeshiva Darchei Torah, en Nueva York, tras recibir el Premio Ohev Yisrael

Bueno, buenas tardes a todos. No sé si lo merezco. En primer lugar, deseo pedir disculpas por haber llegado tarde, pero ustedes saben, estoy con mis obligaciones de mi actual trabajo, y pido perdón por haber llegado tarde.

Por otro lado, quiero agradecerles a las autoridades de la Yeshiva Darchei Torah por la entrega de este premio. Me llena de orgullo recibir este reconocimiento de una institución tan prestigiosa.

Es para mí un gran honor recibir este reconocimiento por su significado. Se me otorga por ser un líder mundial que se ha distinguido en una época tan difícil para el pueblo judío por su apoyo incondicional. Y quiero detenerme un segundo en el nombre mismo del premio, porque no es casual. Se considera Ohev Israel, a quien persigue la verdad y muestra su amor, Ohev, al pueblo judío. Así que voy a tomarme este reconocimiento no como un halago, sino como un compromiso que no abandonaré hasta el último día de mis vidas.

Desde hace casi un año vengo insistiendo con un concepto central en la forma en que concebimos la política. La moral como política de Estado. En síntesis, consiste en comprender que el factor principal, a la hora de evaluar una política pública, es si la misma es justa o injusta. Esto puede parecer contraintuitivo para quienes hacen de la política su profesión, en tanto están acostumbrados a subordinar todo el resto de las consideraciones al cálculo político y también, ¿por qué no decirlo? a muchos economistas que consideran todo en términos de eficiencia económica y desestiman las consideraciones morales como propias de un pensamiento teológico ya superado, por no hablar de aquellos que directamente buscan subordinar la economía a la necesidad del político. Nosotros entendemos que ambas posiciones están equivocadas. El óptimo político y el óptimo económico coinciden en el largo plazo con el óptimo moral. Y no solo coinciden, están subordinados a él. Es decir, podemos saber cuál será la mejor decisión política y económica si nos dejamos guiar por el criterio de la justicia.

Esto está desarrollado en mi próximo libro que lleva por título justamente La moral como política de Estado y en su epílogo, en el que hoy quiero profundizar, busco darle un enfoque que combina este desarrollo económico y político con la teología.

Ese epílogo se titula: Capitalismo, la divina maquinaria del paraíso. Y comienza así: Hay textos que se escriben para informar, hay textos que se escriben para convencer y hay textos que se escriben porque no escribirlos sería una traición. Este es uno de ellos. No lo elegí, me eligió. Y llegando al final, cuando la arquitectura argumental ya cumplió su función y la voz académica ya dijo todo lo que tenía que decir, me queda una sola cosa por hacer: dar testimonio. Porque si hay algo que aprendí es que detrás de cada sistema económico hay una moral primero. Detrás de cada política hay una concepción del hombre y detrás de cada concepción del hombre hay una respuesta consciente o inconsciente a la pregunta más antigua y más urgente que existe. Esto es: si existe o no un orden que nos trasciende. Yo encontré esa respuesta y no puedo callarla. Es una respuesta sencilla en su formulación y profunda en sus consecuencias. Si uno abraza los valores judeo cristiano, su vida espiritual vibra en la misma sintonía que su vida material y como consecuencia de esa consonancia, prospera. Cuando uno rechaza estos valores, la vida espiritual entra en conflicto con la vida material, trayendo por resultado la miseria.

Esto no es una intuición, no es una metáfora, es una ley tan rigurosa como cualquier ley económica, tan riguroso como 2 + 2 es 4. Para entender por qué hay que empezar por el principio. Y el principio de la tradición hebrea es el Génesis, Bereshit. La Torá no abre con una discusión ni con un mandamiento, abre con una creación. Y en esa creación está todo lo que necesitamos saber sobre la condición humana y sobre el orden que Dios imaginó para ella.

El texto dice, "Y vio Dios todo lo que había hecho y era bueno en gran medida." Génesis 1:31. Esa bondad radical del origen es la clave. El mundo que Dios diseñó para el hombre era un mundo de abundancia, no de escasez. Por eso me gustaría desarrollar qué significa abundancia dentro de la Torá, al menos desde el análisis económico. Lo que caracteriza el paraíso es la abundancia radical, la disposición de todos los bienes que uno pudiese desear y algo todavía más profundo, la eliminación de la restricción más fundamental que enfrenta el ser humano en la Tierra, que es el tiempo. Si yo quisiera consumir toda la variedad de bienes que existen, mi problema en este mundo no sería la disponibilidad, sería el tiempo. Pero en el paraíso hay vida eterna, con lo cual el tiempo deja de ser una restricción. Por oposición podríamos definir el infierno como la miseria radicalizada, la miseria extrema, el tiempo como un peso, como un tormento, como un día a día que aplasta sin horizonte. La tradición judía habla del Gehinnom y no solo como castigo, también como consecuencia, como el resultado natural de haberse apartado del orden divino.

En este sentido, muchas veces he insistido con el concepto de que la tasa de interés no es el precio del dinero, sino el precio del tiempo, la diferencia entre el consumo presente y el consumo futuro. En el paraíso, justamente, ese precio es cero, porque la seguridad del consumo futuro es total. Y dicha certeza ni siquiera se detenía ante el freno absoluto que nos impone la muerte. En el infierno, en cambio, ese valor es infinito porque el sufrimiento presente debe ser aliviado a cualquier costo. Ahí yace una diferencia radical entre el paraíso y el infierno, el precio del tiempo, que es la tasa de interés. Y, además, antes de que existiera el estado, el mercado y cualquier sistema que el hombre haya conocido, existía el trabajo. Y el trabajo no nació del pecado, nació del diseño. La Torá lo dice con mucha claridad: “Y tomó el eterno Dios al hombre y lo puso en el huerto del Edén para que labrara y guardara”. Génesis 2:15.

Eso es anterior a la caída, anterior a la transgresión y anterior a la escasez. El hombre trabajaba en el paraíso con lo que podríamos llamar dotación infinita, una capacidad cognitiva infinita directamente provista por el creador, que no tenía ni límites ni agotamiento. El hombre debía ponerle nombre a todas las criaturas vivientes, lo que implicaba un dominio absoluto del lenguaje, la biología, la anatomía, la geología y la taxonomía. Y todo ese conocimiento no lo tuvo que aprender, lo sabía porque el uno se lo había dado. En el paraíso, el hombre operaba con dotación divina, es decir, con la provisión directa del mismísimo creador. Trabajaba, pero no sudaba, producía, pero no escaseaba. Esa era la condición original. Trabajaba en obediencia al creador con dotaciones infinitas dentro de un orden que no lo restringía, sino que lo complementaba. Entonces, dice la Torá que todo el árbol del huerto podrás comer, salvo el árbol que no se podía tomar. Génesis 2:16. El árbol prohibido. El paraíso es abundancia radical con tan solo la cláusula de tener que elegir libremente, obedecer y la voluntad divina. Eso era el paraíso. Y después vino la caída. Con la caída vino la pérdida. Y antes de continuar, quiero detenerme en este último punto, porque es particularmente relevante hoy en día, incluso en un estado de abundancia radical, la tentación de ir contra la voluntad divina y romper contra lo establecido está ahí.

Adán tenía casi todo, pero sucumbió ante la tentación. La tentación de la serpiente, que le ofreció ya no solo ser un hombre libre, aunque lo tuviera todo, sino convertirse en un Dios. Y de la misma forma, los pueblos que son libres de elegir su destino pueden tomarla la decisión de ir en contra de los mandatos divinos, que no son otra cosa que los derechos a la vida, la libertad y la propiedad. Y así, si lo va en contra, lo pierde todo.

Y esta tentación es eterna, es independiente del bienestar presente porque es una inclinación moral. Por este motivo es fundamental poder distinguir lo que se perdió y lo que no con la caída. No se perdió el trabajo, se perdió la dotación divina con la que el hombre trabajaba. Las dotaciones pasaron de ser infinitas a finitas. El hombre pasó a tener limitaciones. La capacidad cerebral se redujo una fracción de lo que era. Y apareció lo que la Torá describe en Génesis 3:19 con mucha precisión: Con el sudor de tu frente comerás el pan.

A su vez, el tiempo la tierra dejó de ser eterno y pasó a tener un valor. Con la muerte y el trabajo cercenados desde sus potencias originales, nacen la inseguridad, la miseria y la incertidumbre del futuro respecto al presente. También nacen las tan denostadas tasas de interés, el precio del tiempo. Es decir, trayéndolo a términos más terrenales, lo que hizo la transgresión fue subir radicalmente el precio del tiempo y hacer caer el valor del trabajo, la seguridad y el bienestar. Cualquier similitud con lo que ocurre cuando una sociedad se aparta de las ideas de la libertad no es una coincidencia. Así, la situación de la caída del hombre se caracteriza por el mismo mandato de producir y crecer, pero ahora con escasez. con esfuerzo, con límite y con incertidumbre. Y en este mundo post caída, con dotaciones finitas y tecnologías que hay que descubrir, el hombre tiene que decidir cómo organizarse. Y aquí está el punto que quiero subrayar con fuerza. El capitalismo es el sistema que Dios preparó a través de una ley para que después de la caída el trabajo continuara. Dios no nos abandonó, nunca nos abandonó, incluso aun cuando fuéramos contra él, siempre nos dejó una puerta abierta para volver a su reino. Nos dejó la tarea de reconstruir en la Tierra el reino que perdimos, reconstruir la abundancia radical y la eternidad que alguna vez perdimos a través de obedecer los mandamientos que él nos dejó escritos.

Pero eso requiere tiempo y esfuerzo de múltiples generaciones mancomunadas trabajando para dejarle a la generación siguiente un mundo mejor. Es una tarea ardua, casi infinita, que solo se puede llevar adelante si cada generación tiene un profundo amor por sus semejantes. Podemos encontrar un ejemplo sencillo en el aforismo: “La sombra de los árboles de hoy, existen por la siembra que hicieron los hombres de ayer”. Si nadie se dedicase a sembrar árboles para las generaciones futuras o si todos se dedicaran exclusivamente a consumirlos, ninguna generación podría disfrutar la sombra.

Usualmente se denosta el capitalismo como un sistema basado en la avaricia, pero eso no puede estar más lejos de la realidad. El capitalismo es un sistema basado en el amor al bien, en el derecho a la propiedad, tanto propia como ajena, y en la fe en que ese derecho sagrado no puede ser violentado ni siquiera por el soberano. Esa es su verdadera esencia. Y el hombre descubrió todo esto al obedecer los Diez mandamientos, que son el orden moral que el creador estableció antes de que existiera cualquier estado o cualquier mercado.

Pero también corresponde ser claro: obedecer no le devuelve al hombre la capacidad infinita que tenía en el Edén, sino que, a través de la obediencia a la ley moral, el hombre construye un sistema que le permite trabajar, innovar, descubrir tecnología y generar prosperidad dentro de sus condiciones actuales. Y más aún, es el camino que, al alinearse con esa ley, permite traer año a año, década a década, el paraíso a la Tierra.

Es precisamente esta maquinaria la que desarrollan el tiempo las capacidades de la libertad. Es un sistema que compone el presente con el futuro, volviéndolo más seguro, más habitable y, en consecuencia, bajando el precio del tiempo. Eso es lo que nos libera de las miserias del mundo caído. Nos dota de la capacidad de traer el futuro al presente de manera cada vez menos onerosa, liberándonos de nuestras limitaciones e incertidumbre del hoy. Para quienes lo demonizan, quiero ser muy claro, el crédito es un engranaje fundamental de esta maquinaria divina. Bajar el precio del tiempo de forma genuina es acelerar la Tierra cada vez más al paraíso. Hacerlo de manera artificial, falsificando dinero, es un peligro que puede llevarnos al infierno. Y acá aparece una distinción fundamental. El paraíso no es paraíso porque la tasa de interés sea cero. La tasa es cero porque ese es el paraíso. Pretender recorrer artificialmente el camino inverso es invertir la causalidad, querer obtener las consecuencias sin que existan las condiciones que la producen. Y eso es lo que ocurre cuando se manipula artificialmente la tasa de interés mediante el crédito no respaldado por el ahorro real. Como explica Jesús Huerta de Soto, no desaparece la escasez, el tiempo, ni las preferencias temporales, solo se falsifica la señal, es decir, se está mintiendo.

Durante un tiempo parece que nos acercamos al paraíso, pero es un falso paraíso y cuando la realidad vuelve a imponerse, esa falsificación se manifiesta en ciclo económico. Esa es la falsificación económica del paraíso. De este modo, todos estos engranajes van conformando de a poco, no el paraíso de las dotaciones infinitas, el cual ya perdimos, sino el paraíso posible, la abundancia radical dentro del mundo caído, lograda por la obediencia al orden divino.

En los Diez mandamientos se encuentran descritas las condiciones que el capitalismo necesita para funcionar. No estoy hablando de una metáfora, hablo de una estructura. Para comprenderlo, hay que empezar por la introducción a los Diez mandamientos expuesta en los textos sagrados. En el libro de Shemot, el Exodo, en la parashá Itró, dice: "Yo soy el eterno, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud. Shemot, 20:2. Es decir, es la declaración de la libertad. Los Diez mandamientos comienzan con la declaración de la libertad. Y Dios no elige comenzar con una prohibición, sino que arranca con un acto de liberación. Se presenta como el que rompe cadenas, como el que saca al hombre la esclavitud. Y ese es el fundamento de todo lo que sigue.

Antes de decirle al hombre lo que no puede hacer, Dios le recuerda quién lo hizo libre. Porque la libertad no es una conquista humana, es un don divino. Y de ese don surge la responsabilidad. Del derecho divino a elegir, surge el deber. de honrar esa posibilidad suprema y eso se traduce en una responsabilidad fundamental de no esclavizar al prójimo, de no someterlo, de respetar su proyecto de vida. Eso es el liberalismo en su esencia más profunda, el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en la defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Luego tenemos como mandamiento no matarás, que es la defensa absoluta del derecho a la vida. Sin ese derecho no hay proyecto de vida posible, no hay propiedad que valga, no hay contrato que tenga sentido. Es el mandamiento que establece el principio de no agresión en su forma más pura. Nadie puede iniciar la fuerza contra otra. La vida del prójimo y su cuerpo son inviolables. Y esa inviolabilidad es la condición de posibilidad de toda convivencia libre.

Otro mandamiento con un rol fundamental, en esencial con la propiedad privada es no robarás. Sin propiedad privada no hay mercado. Si el fruto de mi trabajo puede ser confiscado por otros, ya sea un ladrón o un Estado que redistribuye por la fuerza, desaparece el incentivo a producir. ¿Y qué es la propiedad privada entonces? Es el reconocimiento del que el trabajo del hombre le pertenece porque el creador mismo lo instituyó así.

Luego sigue: no darás falso testimonio. Sin verdad, en el contrato no hay trato posible. El mercado libre es, en su esencia, un sistema de intercambio voluntario basado en información veraz. La mentira lo corrompe, el fraude lo destruye. Por eso la honestidad es una condición necesaria dentro del capitalismo. Y también tenemos “no codiciarás”. Sin respeto por lo ajeno no hay convivencia pacífica. La codicia, el deseo de apropiarse de lo que le pertenece al otro es exactamente el combustible moral del colectivismo y del marxismo. Como sostuve antes, la codicia no es el motor del capitalismo, es el motor del socialismo, el deseo de hacerse de lo ajeno por la fuerza privada o, como está más de moda hoy, por la fuerza pública. Y eso corre los cimientos morales del capitalismo y en realidad corroe los cimientos morales de la sociedad.

La Torá lo prohíbe porque destruye el tejido de confianza sobre el que se construye cualquier orden social libre. Son las mismas normas que en el judaísmo se llama mitzvot lo ta'asé, el no hacer. El no hacer es la valla que protege la convivencia libre entre individuos y es también la columna vertebral del cristianismo en todas sus tradiciones, que son la fundación del Estado moderno. El sistema que respeta esas normas, el que hace de la propiedad privada del contrato voluntario sus pilares, es el sistema que está en consonancia con la ley de Dios y esa consonancia es estructural.

Hans-Hermann Hoppe demostró con rigor filosófico que la combinación de dos principios, el de no agresión, que surge del "no matarás", y el de la apropiación originaria, que surge del "no robarás", es la única base posible para un orden social justo y eficiente. El trabajo del hombre sobre los recursos que nadie ha reclamado genera propiedad legítima.

Esa propiedad protegida por la no agresión genera intercambio voluntario, y ese intercambio voluntario y libre es el motor de la prosperidad. Jesús Huerta de Soto lo precisó con el concepto de eficiencia dinámica. Ese sistema no solo es justo, sino que además maximiza el crecimiento económico a largo plazo, liberando la creatividad empresarial, descentralizando el conocimiento y convirtiendo la libertad en el camino más corto hacia la abundancia, es decir, el camino de vuelta al paraíso.

Por eso, el capitalismo y no otro sistema es el que deriva en la abundancia radical, pero requiere tiempo. La promesa de la plenitud de la noche a la mañana es precisamente la promesa de la serpiente y ya vivimos cómo terminó para Adán y Eva. En ese sentido, hay una enseñanza central del Rebe: que su misión no era guiar a su pueblo a la tierra prometida, sino traer el paraíso a la tierra.

La razón es aún más profunda. Dios desea tener una morada en el mundo físico, en los reinos inferiores. No somos nosotros los que intentamos alcanzar el cielo. Es el creador el que quiere habitar la tierra. Él quiere redimir el mundo y nosotros somos su herramienta. El gobierno total, eterno y final de Dios no es en los cielos, es en la tierra. Esa enseñanza tiene sus raíces en la Torá, en el libro de Levítico, el Creador promete: “Si anduvieras en mis estatutos y guardáis mis mandamientos y los pusieras por obra, yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol del campo dará sus frutos”. Levítico 26-34.

La prosperidad material es la consecuencia natural de la obediencia espiritual. El paraíso no se alcanza, se trae y se trae cumpliendo la ley de Dios, aquí en esta tierra, en este tiempo. Y también, desde el punto de vista cristiano, está lo que se define en el Padre Nuestro. La oración no dice “Vamos nosotros al reino”. Dice, "Venga a nosotros tu reino así en la tierra como en el cielo”. El paraíso viene a nosotros, a nosotros que lo perdimos, que fuimos expulsados, que no podemos volver por nuestros propios medios. Por eso el creador viene a nosotros, porque nosotros perdimos ese lugar y ya no podemos recuperarlo solos. “Así en la tierra como en el cielo” es mucho más que una fórmula litúrgica, es un programa y ese es un compromiso tanto moral e individual como político. Lo que necesitamos para lograrlo es cumplir la ley del creador.

Al cumplirla tendremos un sistema económico que es justo, que es eficiente y que además maximiza el crecimiento y, por ende, a largo plazo, deriva en la abundancia radical. Eso es el capitalismo en consonancia con los valores judeocristianos, en nuestro camino de regreso al mundo que nos fue arrebatado originalmente por confiar en falsas promesas. Y aquí es donde podemos hacer la lectura más caritativa posible de aquello a lo que nos enfrentamos. Porque el comunismo en general también quiere o dice querer traer el paraíso a la tierra. Pero, a diferencia de nosotros, que entendemos que el camino para construirlo es largo y requiere paciencia, esfuerzo, trabajo y responsabilidad, ellos prometen traerlo hoy. Y los métodos a través de los cuales esa hacen esa promesa son, precisamente, la violación de todas las leyes que fuimos enumerando. Para ellos, el paraíso se encuentra tan solo a una matanza y un robo sistemático de distancia. Justamente la promesa comunista es que, si tan solo violamos una vez la ley divina, vamos a volver al paraíso que alguna vez perdimos y luego la violación de la ley divina se vuelve el hábito.

Lo que el comunismo hace en su esencia es querer ocupar el lugar del creador y cambiar su ley. ¿Qué le dijo la serpiente a Eva? "Seréis como dioses." Génesis 3:5. Esa es la promesa que engendró la caída. Y esa es la misma promesa que hoy hace que las sociedades puedan recrearla en su seno.

¿Y qué sucede cuando la gente es engañada y llevada a creer en esas falsas promesas? Lo mismo que le sucedió a Adán y a toda la humanidad. El tiempo empieza a valer cada vez más porque nos inunda la incertidumbre sobre el mañana. Por eso sube la tasa de interés, como nos ocurrió a nosotros el año pasado cuando intentaron un golpe de Estado.

Y no solo eso, el trabajo empieza a valer cada vez menos porque empezamos a perder el capital y la tecnología que nos hacía más productivos y, por sobre todas las cosas, empezamos a perder la libertad que nos dio el creador mismo. El Estado comienza a cercenar primero nuestras acciones y luego nuestras palabras hasta que vivimos atados a él de pies y manos, inmóviles.

Esa es la consecuencia de apartarnos del camino que Él nos marcó en lo más profundo de nuestras almas para volver a recrear su reino en la tierra. Hacerle caso a la serpiente del comunismo lleva a la tragedia, no solo material, sino también espiritual. Recordemos que donde se aplicó el socialismo en sentido puro fue un fracaso en lo económico, en lo social, en lo cultural y, además, asesinaron a 150 millones de seres humanos.

Y no tenemos que olvidar que esta tentación no conoce límites. Quien hace de portavoces de ella no creen en el bien y el mal. Por eso, lamentablemente, no puede ser extirpada nunca jamás de nuestros corazones, sino tan solo combatida en donde sea que asome la cabeza. Porque somos seres imperfectos todos nosotros. Y si Adán, que vivía eternamente en un mundo sin miseria, sucumbió ante la tentación, aún más expuestos están quienes vivimos en un mundo que todavía dista mucho del paraíso perdido. Y la estrategia del socialismo para llevar este pecado a la realidad es expandir más y más al Estado hasta convertirlo en un Estado total, un Estado sin límites, que lo abarca y lo controla todo, intentando reemplazar al creador.

El Estado decide qué es lo que es justo, define qué corresponde y redistribuye a los que no producen. ¿Qué es eso entonces? El Estado socialista. No una herramienta del servicio del orden, sino un arrebato para sustituir al Dios. El Estado socialista es poder absoluto y sin rendición de cuentas ante ninguna ley que lo trascienda.

Es el intento más ambicioso y más devastador de reemplazar el orden divino por el orden humano. Y el resultado siempre es el mismo: miseria, muerte y el infierno en la tierra. Mientras el programa de Dios trae abundancia y armonía espiritual y material, el programa comunista, bajo la falsa promesa del paraíso inmediato, es un programa satánico que, en lugar de traer el paraíso, te trae el infierno.

Ese es el programa opuesto al programa de Dios. Por todo esto, la culminación de la moral como política de Estado es comprender una verdad muy profunda. Hoy y para siempre, en todas nuestras sociedades, la elección no es política, es moral y es una elección que debemos tomar día tras día hasta el final de los tiempos. En el libro de Deuteronomio, Moisés le habla al pueblo antes de entrar a la tierra prometida y dice: "Mirá, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal, porque yo te mando hoy que ames al eterno tu Dios, que andes en sus caminos y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos para que vivas y seas multiplicado. Y el eterno tu Dios te bendiga." Deuteronomio 30:15-16. La vida y el bien de un lado, la muerte y el mal del otro. No hay tercer camino. No se dejen engañar. No hay tercer camino. O eligen el bien o eligen el mal. Si elegimos el bien, prosperamos. Si elegimos el mal, nos hundimos. No hay mucho más que hacer. Está todo dentro de nuestras manos.

Pero la Torá no se detiene ahí, va más lejos. Por lo que es verdad para el individuo es también verdad para las naciones. Y lo que es verdad para las naciones es especialmente verdad para quienes las gobiernan. El gobernante que honra la ley de Dios no solo prosperará como político, sino que hará prosperar también a su pueblo. El gobernante que la rechaza no solo cae él mismo, sino que arrastra a su pueblo a la miseria. Esta es la responsabilidad más pesada que existe en el libro de Proverbios. Y está escrito en Proverbios, dice: "Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra. Cuando domina el impío, el pueblo gime." Proverbios 29:2. Y en el Deuteronomio, Moisés le dice al pueblo antes de entrar a la tierra prometida: "Pondrás rey sobre ti, que no aparte su corazón de los mandamientos, para que prolongue los días en su reino él y sus hijos en medio de Israel." Deuteronomio 17:15-20. El rey que obedece la ley, perdura. El pueblo que obedece la ley, prospera. La nación que honra el orden divino recibe la bendición de ese orden y la que lo rechaza recibe su consecuencia, no como castigo arbitrario, sino como resultado lógico, inevitable, inscripto en la naturaleza misma de las cosas desde el principio de los tiempos. Yo lo entendí y es por eso que gobierno como gobierno.

El que tenga oídos que oiga, el que no quiera oír que se haga cargo de las consecuencias. Muchísimas gracias a todos.

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