Discurso del Presidente Javier Milei en la 138° inauguración de la exposición de La Rural
Buenos días a todos. Quiero agradecer a las autoridades de la Sociedad Rural Argentina y, en especial, a su Presidente, Nicolás Pino, por convocarme una vez más para estar de pie ante ustedes.
Es la tercera vez que me toca hablarles desde esta pista, sobre la cual, desde hace un siglo y medio, desfilan los mejores exponentes de nuestra actividad ganadera.
También quiero saludar y manifestarles mi admiración a todos los productores agrícolas y ganaderos, grandes, medianos y chicos, que todos los días salen a trabajar la tierra y producen comida para cientos de millones de seres humanos.
Ustedes son los que, desde Argentina y para la Argentina, tiran para adelante el carro del país y, por eso, sin dudas, merecen ser llamados héroes.
Hace dos años me paré ante ustedes por primera vez y les pedí paciencia. Les dije que veníamos a hacer un cambio profundo y sustentable, que no íbamos a apresurarnos demagógicamente, que había que mirar la película y no la foto.
El año pasado volví y ya pude demostrarles hechos. Eliminamos el cepo cambiario, el robo más grande que sufrió el mercado, dado que lo obligaba a vender a un tipo de cambio inferior al del mercado.
Les digo esto: no es un tema menor, porque el maldito cepo le quitaba al campo dos tercios de sus ingresos. Vaya que es bueno haber eliminado el cepo.
Además, bajamos aranceles a insumos y maquinarias, abrimos mercados y habíamos emprendido las primeras reducciones permanentes de retenciones.
Hoy vuelvo por tercera vez y esta vez vengo a mostrarles que la transición de los últimos dos años se está consolidando. Esta vez vengo a decirles algo que quiero que quede grabado en esta jornada: se viene un campo radicalmente distinto al que conocimos.
Pero, antes de hablar del futuro, quiero detenerme en algo más profundo, porque, para entender hacia dónde vamos, hay que entender qué es realmente el campo.
El campo no es un sector más de la economía. El campo es, en el sentido más literal, el origen de la civilización.
Remontémonos al inicio de nuestra especie. Durante cientos de miles de años, el ser humano fue un cazador-recolector nómade, que vivía al día, sin futuro y sin destino. Hasta que, un día, alguien entendió que podía sembrar una semilla en la tierra y quedarse a esperar la cosecha.
Ese día, sin saberlo, ese hombre dio inicio a todo lo que hoy llamamos civilización. Porque, para sembrar y cosechar, hay que quedarse en un lugar. Y, en el acto de quedarse a cuidar lo que uno plantó, nace el primer derecho de propiedad de la historia. Esta tierra es mía, yo la trabajé y, entonces, es mía su cosecha.
De ahí nace, por primera vez, un excedente. Y, cuando por primera vez sobró comida, por primera vez alguien pudo dedicarse a otra cosa que no fuera conseguir su próximo alimento.
Así apareció el alfarero, que creó dispositivos para cocinar; el herrero, que desarrolló herramientas para trabajar mejor; y el maestro, que transmitía estos conocimientos a las nuevas generaciones.
Ahí nació la división del trabajo, que tres siglos después describía Adam Smith.
Pero la lista no termina ahí. El excedente había que guardarlo, medirlo, registrarlo. De ahí nacieron los números, la contabilidad y la escritura misma. No por nada, las tablillas de Uruk, las más antiguas descubiertas por los arqueólogos, eran inventarios de granos.
Y, bajo este nuevo modelo de vida, lo conveniente era trabajar cada vez más superficie con menos manos, para que más y más personas pudieran dedicarse a diferentes oficios. De ahí nacieron las economías de escala, que tanto mencionamos, es decir, emprendimientos crecientes.
Había que anticipar las crecidas y las estaciones para saber cuándo sembrar. De ahí nacieron la astronomía, el calendario y la meteorología.
Había que transmitir todo ese saber a las generaciones siguientes. De ahí nació la necesidad de la educación.
Y, cuando el excedente permitió que miles de personas vivieran juntas sin tener que producir cada una su propio alimento, nació la ciudad.
Y, como corolario de todo esto, junto a esta incesante lista, también nació la pasión por defender lo que es propio, por proteger la tierra que uno sudó, trabajó y en la que dejó parte de su ser, para aprovechar sus frutos o legarlo a sus hijos.
No es casualidad que la palabra civilización venga de civitas, la ciudad, y que la palabra cultura venga, precisamente, de cultivar.
Todo lo que somos: la propiedad, la ley, el comercio, la ciencia, la escritura, la escuela y la ciudad, nació el día en que un ser humano decidió trabajar la tierra, trabajar el suelo y domesticar lo salvaje no es otra cosa que hacer civilización. Por lo que, sin el trabajo de la tierra, no seríamos muy diferentes a los animales.
En otras palabras, domesticar la tierra es lo que nos permitió domesticarnos a nosotros mismos.
Por eso, cuando la política ataca al campo, no ataca un sector: ataca el cimiento mismo sobre el que se levantó todo lo demás, la base de nuestra Nación.
Porque gracias a la producción agrícola es que el Nuevo Mundo pudo independizarse del Viejo, desarrollar su propio sistema económico e incorporarse a la economía global como un actor fundamental.
Esto también lo entendía Julio Argentino Roca, nuestro gran prócer, padre de la Argentina moderna, cuando afirmó que la ganadería y la agricultura son las dos grandes fuentes de la riqueza nacional.
Y esto último es algo que, a todas luces, nunca logró comprender la política durante los últimos 100 años. En vez de pagarle con justicia al campo por lo que había hecho por el país, lo castigó con impuestos, con cepo, con cupos, con prohibiciones de exportar, con precios máximos. Convirtieron al sector más pujante del país en el pagador de última instancia de la Argentina. Cuando había crisis, subían las retenciones; cuando faltaban dólares, desdoblaban el tipo de cambio; cuando había inflación, ponían precios máximos sobre la producción. Se dedicaron a faenar, año tras año, a la gallina de los huevos de oro.
Ese es el campo que fue. Ese es el campo exprimido, atado de manos, castigado por el pecado de ser el más productivo y tildado despectivamente, bajo la mentira de que el campo era ver crecer los yuyos. Esa oscura página la estamos dando vuelta para siempre.
Porque hoy, después de apenas dos años de transitar este camino desregulador, puedo pararme acá y mostrarles, con números, que la transición dejó de ser una promesa y es una realidad.
Empecemos por la superficie. En la campaña 2025-2026 se sembró un récord de 40 millones de hectáreas, la mayor superficie de nuestra historia. Pero eso es tan solo una pequeña parte de la ecuación. Porque, si bien la superficie creció apenas un 3 %, la producción saltó un 22%, hasta una cosecha récord histórica de más de 164 millones de toneladas de granos, un 30% por encima del promedio de las últimas diez campañas.
Estamos en los albores de una revolución, tanto expansiva como intensiva, en la siembra, que nos va a devolver todo el terreno perdido frente a nuestros competidores.
El maíz marcó su récord histórico con 71 millones y medio de toneladas; el trigo, otro récord, con casi 28 millones; el girasol, otro récord más.
En jerga económica, producir más con lo mismo es lo que se conoce como rendimiento creciente y es la pieza que desbloquea el crecimiento económico.
Y todo esto se transforma en dólares para la Argentina, lo que se traduce en estabilidad para todo el resto de la economía, en un aumento del crédito y en una caída de la inflación.
En 2025, las exportaciones agroindustriales marcaron un récord histórico: más de 115 millones de toneladas, lo que significa un ingreso de más de 152.000 millones de dólares, con 132 productos alcanzando su máximo volumen exportado en, al menos, siete años, llegando a más de 150 destinos en el mundo.
El primer semestre de este año ya viene rompiendo ese récord, con un 15% más de volumen y un 17% más de valor que el año pasado. Las exportaciones de girasol crecieron un 142%, las de trigo un 64% y, por primera vez en la historia, vendimos trigo y maíz argentinos en China.
Yendo a la industria cárnica, la carne vacuna está viviendo un momento histórico. En los primeros cinco meses del año, las exportaciones crecieron un 46% en valor. El mercado de los Estados Unidos, que durante años se nos había cerrado, hoy es una máquina de batir récords. Gracias a un sensacional trabajo de nuestros ministros, logramos triplicar la cuota de exportación a este país y, en apenas seis meses de este año, ya les vendimos más carne que en todo el año pasado, con un valor de 800 millones de dólares.
Es más, solo lo que le vendimos a ese mercado en medio año equivale a toda la cuota Hilton con Europa.
Por eso, quiero también felicitar a todos los cabañeros, criadores, genetistas y a todos aquellos que forman parte de la cadena. Buena parte de este milagro empieza en la genética. El trabajo de generaciones de cabañeros y de criadores argentinos se volvió bien preciado, que hoy se demanda en todos los países ganaderos del mundo.
Cada animal que desfila por esta arena es el resultado de décadas de selección, de paciencia y de amor por el oficio, que nos pone a la vanguardia mundial.
Por otro lado, quisiera aprovechar el día de hoy para recordarnos a todos los argentinos que nunca más debemos permitir que alguien nos venga con la cantinela de que el campo no agrega valor ni genera empleo.
Si convertir tierra en proteínas de alto valor nutricional no fuera suficiente valor agregado de por sí, sepan que el sector agroindustrial explica cerca de un cuarto del empleo formal de todo el país.
Detrás de cada productora hay veterinarios, molineros, ingenieros, biotecnólogos, gomeros, genetistas, almaceneros, aceiteros, forrajeros y playeros de estación de servicio.
En 2025, la molienda de soja fue la segunda más alta de toda nuestra historia; la de girasol y la de maní, las mayores en 25 años; la de trigo, entre las mejores en 15. O sea que, además de vender el poroto, vendemos el aceite, la harina y hasta el biodiésel. Cada tonelada incluye capas y capas de mano de obra.
Por eso, cuando al campo le va bien, le va bien a todo el interior y le va bien a la Argentina.
Y cada uno de estos logros fue alcanzado gracias a una palabra mágica que la izquierda intentó demonizar siempre que tuvo la oportunidad: la rentabilidad. Solo por la baja de retenciones, la relación entre nuestros precios en Rosario y los de Chicago mejoró hasta un 19% en el maíz y un 12% en la soja. Entre 2019 y 2023, el productor que vendía soja recibía en torno al 65% del precio internacional, mientras el resto se lo quedaba el Estado en el camino. Hoy recibe el 75% y va a seguir subiendo hasta que, en el día de mañana, reciba el precio pleno del 100% de lo que genera su esfuerzo.
Y, por si todo esto fuera poco, el campo batió todos estos récords mientras todavía carga con el peso de las retenciones. Todo lo que acabo de enumerar lo lograron con una mano atada a la espalda. En diciembre de 2023 estaban atados de cuerpo entero y hoy vamos camino a terminar de liberarlos por completo. Lo que estamos viendo es una pequeña muestra de lo que puede lograr el campo argentino. Es apenas el punto de partida. Argentina volvió a ser el segundo exportador neto de alimentos en el mundo. El campo genera el 60% de las divisas del país y, año tras año, generaba casi todas las divisas netas. La transición se está consolidando y cada nuevo paso que da el sector es más rápido que el anterior. Hoy la energía y la minería están rápidamente acompañando el despegue exportador del país. Frente a quienes ven en ellos un riesgo, nosotros queremos señalarles que representan, antes que nada, una oportunidad. El crecimiento de esos sectores, que antes no producían nada, es lo que financiará la quita de retenciones y el verdadero empoderamiento del campo pujante en las próximas décadas.
Por eso también quiero ser claro: ustedes son los protagonistas de este cambio. Nuestra única labor en todo esto es sacarles la bota del cuello tan pronto como sea posible.
Todo lo que mencioné fue el resultado de sacarle de encima al campo, una por una, las capas de estatismo que le habían puesto durante 100 años.
Eliminamos el cepo cambiario y el Impuesto PAIS, devolviéndoles rentabilidad al sector. Bajamos aranceles a fertilizantes, herbicidas y maquinarias. Eliminamos el CIBU para volver a permitir la exportación de maquinaria usada, reduciendo su costo hasta un 50 %.
Con el RIMI le dimos al campo un régimen especial, sin monto mínimo de inversión, para que comprara un equipo de riego, una malla antigranizo o infraestructura de eficiencia energética, y se amortiza en un solo año, con el IVA de esas inversiones devuelto a los tres meses y no en cinco años, como era antes.
Es decir, permitimos que el capital de trabajo vuelva rápido al bolsillo del productor para seguir invirtiendo. Facilitar el riego no es solo esencial para las economías regionales, sino que reduce significativamente los riesgos en la propia Pampa Húmeda y podría ser, en el norte de la Patagonia, una nueva frontera agrícola.
Con la ley de modernización laboral le bajamos al sector el costo de contratar y dar trabajo registrado. Digitalizamos los trámites laborales, equiparamos las asignaciones familiares de los trabajadores del régimen del trabajo agrario con las del resto de los argentinos y llevamos el IVA de la energía eléctrica y los sistemas de riego al 10,5% para abaratar el costo de producir. Y, además, desregulamos, como no se hizo nunca en la historia argentina. Sacamos al SENASA de la función de producción para cortar con la ridiculez de que un funcionario le diga a un productor cuánto cosechar y aplicamos la misma lógica en la producción bovina.
Eliminamos el peso mínimo de la faena. Dejamos caducar la prohibición de exportar ciertos cortes bovinos. Levantamos la prohibición de exportar ganado en pie, que nos dejaba afuera de un mercado de millones de cabezas anuales que era capitalizado por nuestros vecinos.
Jubilamos el libro físico de movimiento de carne, que llevaba más de 40 años. Lo reemplazamos por un sistema digital y dimos de baja el RUCA para sacarle burocracia de encima al comercio de granos.
En lo logístico, extendimos la circulación de bitrenes a toda una red nacional. Cada bitrén transporta hasta un 75% más de carga que un camión convencional, lo que, además, significa menos camiones en las rutas y mayor seguridad vial.
Estamos licitando al sector privado la red vial troncal por donde pasa el 80 % del tránsito del país, para que nuestras rutas estén a la altura de lo que los argentinos merecen.
Además, dimos uno de los pasos más trascendentes de nuestra infraestructura: la privatización del Belgrano Cargas, que va a bajar fuertemente el costo logístico del campo y, además, vuelve más viables a la minería y la energía, que requieren mover materiales de gran porte.
En materia sanitaria, el nuevo plan de vacunación contra la aftosa le va a ahorrar a los productores unos 25 millones de dólares sin resignar un solo gramo de nuestro estatus sanitario.
En definitiva, de las más de 16.000 reformas que llevamos hechas, más de 1.000 fueron para liberar al campo específicamente. No por nada el Ministerio de Desregulación lleva por nombre interno el del Ministerio de Rendimientos Crecientes. Pero no solo le bajamos los costos y la burocracia de encima, también les devolvimos a los productores las herramientas para financiarse y crecer.
Liberamos el mercado de capitales para el sector agropecuario. Ahora los productores no quedan atados únicamente al crédito bancario o a sus proveedores para financiarse. La nueva flexibilización en el mercado facilita la emisión de deuda y acciones por montos inferiores a los 130 millones de dólares. Quizás los resultados de estos cambios no se vean instantáneamente, pero son ventanas que irán abriendo oportunidades de financiamiento novedosas.
Tomemos, por ejemplo, el mercado de warrants. Tras 110 años sin cambios, desregulamos el mercado de warrants, bajando sus costos del 3,5% al 1% y permitiéndole al productor emitir sus propios warrants para hacer líquidos sus stocks. Llevó un par de años, pero hoy es un mercado vibrante que les permite a los productores, a lo largo y ancho del país, obtener financiamiento accesible usando lo que previamente eran activos inmovilizados.
Además, pusimos en marcha el pagaré mercancía, un viejo reclamo del sector que ya se está aprovechando, principalmente, para comprar maquinaria.
Siempre tuve la gran duda de por qué los productores se financiaban exclusivamente con deuda, con la carga y el riesgo que esto implica, en lugar de buscar nuevos socios para sus emprendimientos. Esto les permitiría obtener recursos financieros, pero sin el compromiso de pagar, excepto cuando se tengan ganancias.
Mi sospecha siempre fue que era culpa de las trabas burocráticas, que ahora podremos ver si estaba en lo correcto.
Y, si de desregulación se trata, el mayor impacto lo pudimos observar con la llegada de Starlink. Hoy, cualquier productor puede acceder a internet de máxima calidad hasta el último rincón del país.
Ahora nos parece algo cotidiano, pero, en una enorme mayoría de los casos, se pasó de que no llegara ni la antigua línea de teléfono a tener internet de alta velocidad de la noche a la mañana. Y, con ello, apareció por primera vez la posibilidad de incorporar tecnología inalámbrica a los cultivos y poder monitorearlos desde cualquier parte del planeta.
Gracias a esta democratización del acceso a internet, hoy son casi tres millones los usuarios de este servicio. Y lo único que hacía falta para lograrlo era voluntad política.
Y a estos 3.000.000 de usuarios, ahora, gracias a una iniciativa impulsada por el ENACOM y la propia Starlink, se le van a sumar 6.000 escuelas rurales que, hasta hoy, tenían una conexión a internet deficiente o, directamente, no tenían conectividad alguna.
De hecho, Starlink se comprometió a donar 6.000 equipos satelitales junto a 24 meses de sus servicios de internet más altos, que incluyen acceso prioritario por hasta 5 terabytes mensuales.
Gracias, Elon. Sí, es un montón. Bueno, va a estar disponible después para que los usen como quieran.
A su vez, el ENACOM se compromete a financiar un año más del servicio, transcurrido el período donado por la misma Starlink. Muchas gracias a todos los involucrados por hacer realidad este proyecto.
Además, gracias al excelente trabajo conjunto de Cancillería, Economía y Agricultura, le abrimos al mundo a nuestros productos. Tras 25 años de trabas, firmamos el acuerdo con la Unión Europea y, en ese contexto, nuestros productores de miel, huevos y arroz coparon el cupo sin arancel en los primeros días. Un gran ejemplo de lo que puede lograr nuestro sector privado cuando se le sacan los grilletes.
Firmamos también un acuerdo con EFTA, estamos tratando otro con Singapur, avanzamos en la relación con Estados Unidos, que triplicó su cuota de carne argentina, y con mercados de enorme potencial como Japón, India, Vietnam y los Emiratos Árabes Unidos.
También presentamos la solicitud de adhesión al Acuerdo Transpacífico e integrar así redes comerciales dinámicas, donde se combinan escala demográfica, crecimiento económico y demanda sostenida de alimentos de mayor valor.
Cuando asumimos, los acuerdos comerciales argentinos alcanzaban alrededor del 20% del producto mundial. Esa era la cara visible de décadas de aislamiento y oportunidades desperdiciadas. Nuestro objetivo es llevarla al 60% del producto mundial y continuar avanzando desde allí hasta cubrir todo el globo, para que nuestros productores accedan a un mercado de más de 8.000 millones de seres humanos.
En esta línea, tan solo en el primer semestre de este año abrimos y reabrimos más de 290 mercados en el mundo para nuestros productos, desde la carne bovina con hueso a Paraguay hasta los cítricos a El Salvador y los embriones bovinos a Filipinas. Y llevamos más de 500 mercados abiertos y reabiertos desde el inicio de nuestra gestión.
Hace apenas unos días dimos otro paso histórico, abriendo el mercado de Indonesia para la carne bovina y la industria láctea argentina. Hablamos de un país con más de 280 millones de habitantes, con una demanda creciente de alimentos y con una enorme importancia estratégica para el futuro de Asia.
Así, con cada nueva habilitación, ampliamos nuestra capacidad exportadora, incorporamos más provincias al comercio internacional y confirmamos la confianza de los mercados más importantes del mundo en nuestra producción y su calidad.
Y, además de todo esto, seguimos avanzando sobre el problema más acuciante del sector: el yugo más pesado de todos, las retenciones.
Y quiero repasar, una por una, lo que ya hicimos, para que no nos olvidemos de dónde venimos.
A los lácteos, a las economías regionales, a las carnes transformadas, a los productos porcinos y a las varias categorías de carne bovina les eliminamos las retenciones por completo, y hoy están en cero.
A la soja la bajamos del 33 al 24% y vamos a ir bajándola sostenidamente hasta llegar al 15% en diciembre del 2028; a sus derivados, la harina y el aceite, del 31 al 22,5%, camino al 14%; al maíz, del 12 al 8,5% y llegará al 5,5%; y al trigo y a la cebada ya los bajamos del 12 al 5,5%.
Por primera vez en la historia nacional, el productor tiene un cronograma, sabe cuánto paga hoy y cuánto va a pagar mañana. Tiene, por fin, previsibilidad y, sobre todas las cosas, más libertad y menos impuestos.
Y todo es posible únicamente gracias al superávit fiscal, porque el superávit es el motor que nos está llevando al futuro y no hay baja de impuestos posible sin un superávit fiscal sostenido. Y aquí amerita aclarar una obviedad: la única alternativa al superávit es el déficit, y con el déficit vuelven las diez plagas de Egipto que tanto hicimos por dejar atrás.
El superávit, que es ni más ni menos que el terreno firme sobre el que estamos sembrando la Argentina del futuro, es la condición económica, política y de estabilidad en este sendero, y por eso lo cuidamos como agua en el desierto.
Y lo que viene es un cambio de época. Actualmente estamos discutiendo en el Congreso un proyecto que hemos llamado de inviolabilidad de la propiedad privada. Este proyecto no solo protege a nuestros productores de posibles expropiaciones, una experiencia traumática que ha vivido este sector, sino que habilita la inversión de capital en nuestro sector agropecuario.
Existen cientos de negocios que requieren compra de tierras a escala, y que quieren venir a invertir a nuestro país. Hablo de la industria forestal, la industria láctea, ciertas economías regionales y el riego para volver viables cultivos en zonas áridas, por mencionar algunos.
Dadas nuestras restricciones actuales, son sectores que se encuentran subexplotados. Con la aprobación de la ley estimamos una inversión de 15.000 millones de dólares en estas industrias.
Además, en las últimas semanas trascendió una noticia de vital importancia para el sector, que le cambia la ecuación para las próximas décadas. Gracias al boom del gas, se anunció una inversión de 2.700 millones de dólares para la construcción de una planta de urea granulada con una capacidad de 2,1 millones de toneladas anuales a partir de 2029.
Con esta planta, la Argentina deja de depender del humor del mundo para producir uno de los insumos más críticos del campo, y lo hacemos con nuestro propio gas, el cual hasta hace poco importábamos, gracias a nuestra manía por no explotar nuestros recursos.
Esto es lo que pasa cuando un país deja de enemistarse con su propia riqueza y empieza a aprovecharla. Y, gracias a este cambio de mentalidad, estamos viendo una reducción constante de costos para los productores argentinos.
Durante años, el productor argentino quedó a merced de la voluntad y la volatilidad mundial en los precios de los fertilizantes, importando lo que perfectamente podíamos producir acá. Eso va camino a terminarse de una vez y para siempre.
Finalmente, me gustaría contarles que estamos enviando al Congreso una ley que modifica el régimen de navegación de nuestro país, un antiguo reclamo de las provincias del norte. Argentina es un país bendecido por sus ríos y la Constitución de 1853 ya garantizaba la libre navegación de los ríos, que era uno de los pilares de la prosperidad. Durante décadas desaprovechamos esa bendición.
Con la nueva licitación, expansión de la hidrovía y la habilitación de nuevos puertos privados a lo largo de todo el país, vamos a abaratar drásticamente el costo del flete, sobre todo para los productores del norte, que son los que más lejos están y más caro pagan para sacar su producción. Para poner un poco en contexto el significado de algo así para un productor del norte, esta baja de costos logísticos equivale a una reducción de aproximadamente 8 puntos de retenciones. Y el ahorro es mucho mayor para los productores cercanos a los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay. Para la industria forestal también equivale a una baja del costo total del 8%.
Cuando observamos todas estas cosas, queda claro que las provincias del Norte no fueron relegadas por el azar de la naturaleza, sino por la voluntad política de un sistema enemistado con el desarrollo y enamorado de decidir ganadores y perdedores desde un escritorio en Buenos Aires.
Pero hay algo más que es tan importante como el costo: esto federaliza el comercio. Se termina la Argentina que dependía exclusivamente de que todo pasara por el puerto de Buenos Aires o de Rosario.
El interior productivo va a tener, por fin, su propia salida al mundo. Esto no es ni más ni menos que un mandato constitucional y una reparación histórica de una injusticia que ya llevaba demasiado tiempo vigente.
De hecho, bajo el RIGI ya se aprobó la construcción de un nuevo puerto multipropósito en Timbúes, sobre el Paraná, con una inversión de 277 millones de dólares. Y, en los últimos días, fue noticia la evaluación de un proyecto para desarrollar una nueva hidrovía hasta el centro de Neuquén, lo que también beneficiará a las economías agroexportadoras regionales, como la vitivinícola y la frutícola.
Tal vez, como sostuve antes, el desarrollo de la energía libera también las fuerzas productivas del agro. Porque esa es la gran diferencia del campo que fue y del que se viene. El campo que fue era un sector genial, maniatado con cadenas regulatorias e impositivas demenciales que, aun con una sobrecarga tributaria nunca vista en la historia de la humanidad, se mantuvo competitivo a nivel global. Que sobreviviera fue poco menos que un milagro. Pero ahora es momento del verdadero milagro: su nuevo siglo de crecimiento sin límites.
El campo que se viene va a producir récord tras récord, gracias a que el Estado, por fin, se corrió del medio.
Tenemos las condiciones para producir 300 millones de toneladas de granos, para duplicar la producción actual.
Vamos a darle un régimen de derecho de propiedad a los innovadores de semillas, para que la tecnología argentina, hecha por argentinos, pueda venderse acá y potenciar nuestros rendimientos, en lugar de solo potenciar los rendimientos de otros países.
También vamos a ver, como dice el Ministro Sturzenegger, una Patagonia verde por el acceso al riego. De hecho, ya la estamos empezando a ver en los productores de maíz en Añelo, que están alcanzando rindes de hasta 12 toneladas por hectárea.
Y el mundo ya está apostando por este cambio del futuro. Una de las empresas más grandes del mundo en el sector anunció la construcción, en nuestro país, de la planta procesadora de soja y girasol más grande del mundo, con una inversión de más de 400 millones de dólares.
Como decía el gran Milton Friedman, basado en Charles Tibu, el primer voto, y el más importante de todos, es el que sucede con los pies, con nuestras decisiones cotidianas. Y hoy, después de tantas décadas de huir despavoridos, el capital global está volviendo a votar por la Argentina.
Así vamos a ver al agro finalmente libre, porque por primera vez otros sectores, como la energía y la minería, están creciendo con la misma fuerza y el campo está dejando de ser el pagador de última instancia de todos.
El techo que la política le puso al campo durante 100 años se está levantando y, cuando logremos terminar de eliminarlo, este sector va a volar como nunca antes lo hizo en su historia.
Nosotros y ustedes queremos exactamente lo mismo: queremos volver al país que, cuando le dio libertad al campo, se convirtió en el granero del mundo y en una de las naciones más ricas del planeta.
Ustedes, que están acostumbrados a pensar en generaciones, entienden mejor que nadie lo que significa lo que estamos construyendo.
Argentina despertó, finalmente, de un siglo de letargo y el mundo nos está observando. Están quienes quieren tomarnos de ejemplo y están quienes quieren defender el statu quo con uñas y dientes.
El triunfo del modelo liberal en la Argentina puede cambiar el rumbo de muchos países, y los enemigos de la libertad, desperdigados por el globo, no pueden darse el lujo de perder los privilegios que edificaron durante décadas.
No es casualidad que, en los últimos días, hayamos visto una campaña mediática internacional intentando bajarnos el precio con cualquier tipo de mentira para demonizar nuestro sentir patriótico.
Hoy está más claro que nunca que existe quienes buscan que la Argentina no recupere su sentido de grandeza, pero no les vamos a dar el gusto. Vamos a hacer a la Argentina grande nuevamente.
En Argentina creemos en la libertad del individuo y su capacidad para hacerse con el fruto de su trabajo, en todas las excelencias de la vida de las que sea capaz. Y creemos que nuestro campo, el campo argentino, es el mejor ejemplo de esto, pues ustedes fueron los que hicieron de esta tierra hostil, indomable e inhóspita un paraíso para quienes estaban dispuestos a trabajarla.
Por eso, vayamos juntos de la mano y aprovechemos esta oportunidad histórica. Tomemos el toro por las astas y apostemos a la Argentina, porque tenemos la posibilidad de dejar atrás para siempre el siglo de humillación e inaugurar un nuevo siglo de oro para la Nación.
Sigamos cultivando nuestro suelo, sigamos sirviendo a nuestra patria y sigamos haciendo grande a la Argentina. Sin más, y con mucho entusiasmo y agradecimiento, doy oficialmente por inaugurada la 138° Exposición Rural Argentina.
Que Dios los bendiga, que las Fuerzas del Cielo los acompañen y ¡viva la libertad, carajo! ¡Viva la libertad, carajo! ¡Viva la libertad, carajo!
Muchas gracias.
