Discurso del Presidente Javier Milei en el acto oficial por el Día de la Bandera 2026 en Rosario

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Discurso del Presidente Javier Milei en el acto oficial por el Día de la Bandera 2026 en Rosario.

JAVIER MILEI: Argentinos, buenos días a todos. Es para mí un honor poder estar al pie de este monumento, que tan importante es para nuestra historia. Recordamos hoy una de las grandes gestas de la nacionalidad argentina: la creación del símbolo que nos une, nos representa y nos identifica como pueblo.

Pero, al recordar la bandera, también recordamos a su creador. Recordar a Manuel Belgrano es recordar mucho más que a un militar, a un revolucionario, a un prócer; es recordar al gran promotor de la libertad política y económica en los orígenes de nuestra nación.
Belgrano luchó por crear un país autónomo para los futuros argentinos, una patria libre para decidir su destino y, al mismo tiempo, promovió una sociedad donde las personas tuvieran libertad para trabajar, comerciar, producir, educarse y progresar. Su gran obra fue imaginar una nación antes de que existiera y sembrar las ideas que permitirían construirla.
Por eso, la bandera no fue solamente una insignia militar o la expresión de una idea de país: fue la representación visible de una causa, la causa de la libertad.

Nos encontramos aquí, en Rosario, donde esa historia comenzó. A fines de enero de 1812, el Triunvirato decidió fortificar la zona de Rosario por el peligro realista que llegaba desde la Banda Oriental. Se le ordenó a Belgrano trasladarse a estas barrancas para cerrar el paso a los realistas por el río Paraná. Al comprender que era necesario diferenciar a los revolucionarios de quienes combatían contra la causa americana, escribió al gobierno el 13 de febrero de 1812 solicitando una escarapela nacional. Decía Manuel Belgrano: “Parece que ha llegado el caso de que Vuestra Excelencia se sirva declarar la escarapela nacional que debemos usar, para que no se equivoque con la de nuestros enemigos”.

También advertía sobre algo que le preocupaba profundamente: la existencia de distintivos diferentes entre los propios cuerpos del ejército, señales de división que debían desaparecer. Cinco días después, el 18 de febrero, el Triunvirato creó oficialmente la escarapela celeste y blanca. Pero para Belgrano eso no era suficiente. Establecido en Rosario para frenar los ataques españoles desde Montevideo, percibió que la escarapela no alcanzaba para expresar el nacimiento de una nueva nación.

El 26 de febrero volvió a dirigirse al gobierno y escribió una frase extraordinaria: “La bandera de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado; parece que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud”.

Quiero que sepan que agradezco profundamente sus manifestaciones de cariño, pero este es el momento de recordar a Manuel Belgrano. Había que animarse a pensar diferente, había que romper definitivamente con el viejo orden, había que buscar un símbolo que diferenciara a los ejércitos revolucionarios de los realistas. Dando por descontada la aprobación del gobierno, que había aceptado su propuesta de escarapela, Belgrano decidió avanzar. El 27 de febrero de 1812, durante la inauguración de las baterías que bautizó con dos nombres profundamente simbólicos -Libertad e Independencia—, presentó una bandera basada en los mismos colores celeste y blanco. Aquí, en Rosario, aquí frente al Paraná, aquí nació la bandera argentina.

Belgrano recorrió entonces las filas a caballo y, levantando la espada, pronunció palabras que todavía emocionan. Cito textual a Belgrano: “Soldados de la patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo gobierno. Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: ¡Viva la patria!”.

Belgrano informó luego al gobierno lo sucedido, pero para el Triunvirato aquello fue una audacia excesiva. El 3 de marzo exigió que la bandera fuera ocultada disimuladamente. Sin embargo, la decisión de Belgrano ya había puesto en marcha una fuerza imposible de detener.
Meses después volvió a enarbolar la bandera en Jujuy, durante la celebración del 25 de mayo de 1812, con el propósito de levantar el ánimo del pueblo y de las tropas. Aquella mañana la tomó con sus propias manos y la desplegó desde el balcón del Cabildo.
La historia siguió su marcha. La bandera celeste y blanca flameó por primera vez en Buenos Aires el 23 de agosto de 1812, desplegada en la iglesia de San Nicolás, exactamente en el lugar donde hoy se levanta el Obelisco. Poco tiempo después, tras la extraordinaria victoria de Belgrano en la batalla de Tucumán, el 24 de septiembre de 1812, fue enarbolada en el Fuerte de la ciudad de Buenos Aires.

Desde las barrancas del Paraná hasta Jujuy, desde Jujuy hasta la iglesia de San Nicolás, desde allí hasta el Fuerte, la bandera inició un recorrido inseparable del nacimiento mismo de la patria. La amada celeste y blanca, como la llamamos los argentinos, no fue un diseño calculado: fue una declaración tan profunda como espontánea de independencia y de principios. En ella se condensó una convicción fundamental: que este pueblo tenía derecho a gobernarse a sí mismo y a construir su propio destino. La bandera fue, antes que nada, una bandera de libertad. Y para comprender plenamente ese legado… Y para comprender plenamente ese legado debemos recordar otra faceta extraordinaria de Manuel Belgrano: la del economista, la del intelectual, la del reformista, la del pionero de las ideas de la libertad económica en el Río de la Plata.

Manuel Belgrano fue uno de los grandes reformistas ilustrados y un precursor de una crítica sistemática al mercantilismo y al monopolio brindado desde el Estado. Impulsó ideas modernas frente al estancamiento colonial y promovió la educación, la agricultura, el comercio y el desarrollo tecnológico incluso antes de 1810. Fue una voz ilustrada y valiente en busca de traer nuevos vientos al Río de la Plata y de derribar las prácticas monopólicas y del contrabando. Su batalla cultural fue contra los privilegios, contra el mercantilismo —una economía basada en la acumulación de metales y no en la organización del trabajo—. Por eso promovió una economía libre y dinámica, en la que el trabajo genuino fuera el eje impulsor de la sociedad.

Vivió una paradoja: por mandato familiar fue abogado, pero sus pasiones fueron la economía y la difusión de ideas absolutamente novedosas para la época, como las de Adam Smith. Leyó y admiró “La riqueza de las naciones”, los aportes de los fisiócratas, y comprendió que la riqueza no provenía de los privilegios otorgados por el poder, sino del trabajo, la producción, el intercambio y la iniciativa de las personas.

Por eso puede ser considerado el primer intelectual liberal económico argentino, un criollo que empezó a pensar la generación de riqueza desde la libertad económica, la propiedad y la iniciativa privada mucho antes de que esas palabras formaran parte de nuestras constituciones y de nuestras instituciones.

Le dio centralidad a la agricultura, promovió el respeto al sistema de precios y al trabajo como organizador de la vida social. En contraste con los beneficios que disfrutaba la casta de la época, defendió la libertad económica, la competencia y la propiedad como pilares de su programa, y consideró al mérito como impulsor del desarrollo económico y personal.

Incluso desarrolló ideas innovadoras para su tiempo. Según Belgrano, el valor de las cosas dependía de la cantidad de dinero circulante y también del valor subjetivo que le otorgaba el consumidor. Básicamente, hablaba de la naturaleza monetaria de la inflación y de los problemas de precios relativos en la asignación de recursos. Pensar que todavía se siguen discutiendo algunas de estas cuestiones.

En definitiva, Belgrano representa el ingreso de la modernidad al Río de la Plata y a la futura Argentina. Lideró la difusión de las nuevas ideas económicas desde el Consulado, escribió el primer libro de economía producido en estas tierras y fundó uno de los primeros periódicos del país, el Correo de Comercio.

Estuvo en la jabonería de Vieytes, pensando la Revolución y la futura nación argentina. Estuvo en la Plaza de Mayo y en el Cabildo cuando se constituyó un gobierno autónomo e integró la Primera Junta. Estuvo en Tucumán en la declaración de la Independencia y, cuando la patria lo necesitó, dejó los libros para tomar las armas. Condujo el Éxodo Jujeño, ganó las batallas de Tucumán y Salta, y acompañó a San Martín en la causa de la independencia. Fue revolucionario en las ideas y valiente en la acción.

Belgrano fue no solamente el creador de la bandera, el militar y revolucionario de Mayo sino el intelectual y divulgador de ideas y apasionado por la educación y el progreso del pueblo. El revolucionario que ayudó a imaginar la constitución de un nuevo país. Fue rico y murió pobre a los 50 años, habiendo entregado todo por su patria.

Por eso, cuando hoy miramos nuestra bandera, no vemos solamente los colores celeste y blanco: vemos una historia, vemos una lucha, vemos una revolución, vemos una idea de libertad. Vemos a un hombre que se animó a imaginar una nación cuando todavía no existía.

Aquí, en Rosario, donde flameó por primera vez la bandera; aquí, donde Belgrano desafió la prudencia para afirmar el derecho de un pueblo a ser dueño de su destino; aquí, donde comenzó a hacerse visible la patria, la bandera que nació frente a este río sigue representando hoy lo mismo que representaba hace más de dos siglos: la libertad política para gobernarnos a nosotros mismos, la libertad económica para trabajar, comerciar, producir y prosperar, y la libertad para educarnos, crecer y construir nuestro propio futuro.

Porque la Argentina no nació de la resignación: nació de la audacia. Nació de hombres y mujeres que se animaron a imaginar una patria libre cuando parecía imposible.

Mientras haya argentinos dispuestos a defender la libertad, el trabajo, el mérito, la propiedad, la producción y la independencia nacional, el sueño de Manuel Belgrano seguirá vivo, flameando en nuestras plazas, en nuestras escuelas, en nuestros hogares y nuestros corazones.

Que Dios bendiga a los argentinos, que las fuerzas del cielo nos acompañen y ¡viva la patria! Muchas gracias, argentinos.

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