Palabras del Presidente Javier Milei en el Tributo al Rebe en el Palacio Libertad
Javier Milei: Buenas noches a todos. Es para mí un honor, un placer y me siento muy afortunado de poder compartir este momento con todos ustedes. Quiero además agradecer muy especialmente a Svitz por permitirme estar aquí. En general suelo venir a este evento, pero suelo estar escondido por ahí arriba. Pero como no he logrado pasar desapercibido dije: bueno, voy a directamente a estar de manera directa que sé…
Y básicamente, lo que hoy les voy a les voy a compartir es un fragmento, una porción, de lo que es el epílogo de mi nuevo libro que la inspiración nació en este lugar, en un evento como este. Básicamente cuando en un momento en su discurso Svitz dice que la misión que les encomendaba el Rebe no era llevar a las personas al paraíso, sino que la misión era traer el paraíso a la Tierra. Y eso caló muy fuerte en mi pensamiento. Va a estar claro y reflejado en este discurso y que mientras que iba desarrollando el libro “La moral como política de estado” también aparecieron algunas enseñanzas que fui tomando de mis charlas con mi rabino de cabecera, hoy embajador argentino en Israel, Axel Vahnish.
Como por ejemplo cuando fue que festejé por primera vez año nuevo judío y él me había dicho que pidiera tres deseos. Y obviamente que después cuando hablamos me preguntó cuáles eran, y yo les dije que había pedido sabiduría para poder distinguir el bien del mal; coraje para elegir el bien; y templanza para mantenerme en ese camino. Y lo interesante es que cuando yo le dije que eso era lo que había pedido me dijo que esos deseos eran los que había pedido el rey Salomón. Y obviamente que al tener la posibilidad de acceder a una posición como la que hoy me toca, obviamente agregué un deseo adicional, que es el de ser justo. De hecho, toda la construcción que está en el libro en cuestión es sobre cómo llevar a cabo acciones que sean justas. Y cuando uno actúa de manera justa de eso derivará ser eficiente. Y eso derivará en acompañamiento por parte de la sociedad. Ahora si uno invierte el camino todo termina mal.
Así es que eso es una parte de la influencia. Y la otra parte también yo quiero agradecerla muy especialmente a alguien por quién tengo mucho afecto y que ha sido clave y determinante en mi popularidad, que es Alejandro Fantino. Con quien nosotros, cuando se hace muy tarde y ambos terminamos de trabajar, mantenemos muchas charlas en términos filosóficos. Y luego de una muy profunda charla una noche ahí apareció la idea que les voy a estar transmitiendo. Igual se los voy a decir: el epílogo tiene un nombre, “Capitalismo, la divina maquinaria del paraíso”. Pero no es algo que busque connotación o un tinte político; es más que nada un testimonio sobre la fe y que si uno actúa acorde a la ley del Creador, habrá prosperidad. Y eso es básicamente lo que voy a tratar de transmitir de por qué es tan importante seguir los postulados que están contenidos en los Diez Mandamientos.
Y esta versión editada del texto, que además he recibido comentarios y ayuda de distintas personas por quienes tengo un gran cariño, amor, afecto y es: hay textos que se escriben para informar, hay textos que se escriben para convencer, hay textos que se escriben porque no escribirlos sería una traición, este es uno de ellos, no le elegí, me eligió y llegado al final cuando la arquitectura argumental ya cumplió su función y la voz académica ya dijo todo lo que tenía que decir, me queda una sola cosa por hacer, testimoniar. Porque si hay algo que aprendí es que detrás de cada sistema económico hay una moral primera, detrás de cada política hay una concepción del hombre y detrás de cada concepción del hombre hay una respuesta, consciente o no, a la pregunta más antigua y más urgente que existe, si hay o no un orden que nos trasciende, yo encontré esta respuesta y no puedo callarla.
La conclusión a la que he llegado es simple su formulación y profunda en sus consecuencias: si uno abraza los valores judeo-cristianos, su vida espiritual vibra en la misma sintonía que su vida material, y como consecuencia de esa consonancia, prospera. Cuando uno rechaza esos valores, la vida material entra en conflicto con la vida espiritual y el resultado es la miseria. No es una intuición ni una metáfora; es una ley tan rigurosa como cualquier ley económica: 2 + 2 es 4. Para entender por qué hay que empezar por el principio y el principio en la tradición hebrea es el Génesis, es decir Bereshit. La Torá no abre con una discusión ni con un mandamiento: abre con una creación. Y en esa creación está todo lo que necesitamos saber sobre la condición humana y sobre el orden que Dios imaginó para ella. El texto dice: “y vio Dios todo lo que había hecho y era bueno en gran medida” (Génesis 1:31). Esa bondad radical de origen es la clave: el mundo que Dios diseñó para el hombre no era un mundo de escasez, era un mundo de abundancia. Lo que caracteriza el paraíso es la abundancia radical, no únicamente la disposición de todos los bienes que uno pudiera desear, sino también la eliminación de la restricción más fundamental que enfrenta el ser humano en la tierra: el tiempo.
Si yo quisiera consumir toda la variedad de frutos que existen, mi problema en este mundo no sería la disponibilidad, sino el tiempo. Pero en el paraíso hay vida eterna. Chayei Olam en el Hebreo. Con lo cual el tiempo deja de ser una restricción. Y en el paraíso tampoco se amortiza el cuerpo. La maquinaria que habitamos acá no solo se cansa, sino que se desgasta. De hecho, nuestra propia condición atlética de hoy no es la misma que la de hace 20 años, es decir, situación de degradación que en el paraíso no existe. Por oposición el infierno puede definirse como la miseria radicalizada y la miseria extrema. No solo la ausencia de bienes sino la presencia del tiempo como peso, como tormento, como un día a día que aplasta sin horizonte. La tradición judía habla del Gehinnom, no solo como castigo sino como consecuencia: el resultado natural de haberse apartado del orden divino.
Acá es donde la reflexión se vuelve más profunda y más incisiva. Porque antes de que existiera el estado, antes de que existiera el mercado, antes de que existiera cualquier sistema que el hombre haya construido, existía el trabajo. Y el trabajo no nació de la transgresión, nació del diseño. La Torá lo dice sin ambigüedad: “Y tomó el Eterno Dios al hombre y lo puso en el huerto del Edén, para que lo labrara y lo guardara” (Génesis 2:15). Eso es anterior a la caída, anterior a la transgresión, anterior a la escasez: el hombre trabajaba en el paraíso con lo que podríamos llamar dotación divina, una capacidad cognitiva infinita, directamente provista por el creador, que no tenía límites ni declive. Tenía que ponerles nombre a todas las criaturas vivientes, lo que implicaba un dominio total del lenguaje, la biología, la anatomía, la geología, la taxonomía no la aprendió, la sabía, porque el uno se lo había dado. Hoy con toda la Inteligencia artificial disponible, con todos los modelos de lenguaje y sistemas de cómputo que la humanidad ha construido, no hay ninguno que se aproxime siquiera la capacidad cerebral que tenía el hombre antes de la caída. El almacenamiento, el procesamiento, la comprensión que operaba en Adán, era incomparablemente superior a cualquier inteligencia artificial actual y a todas juntas. No porque el hombre fuera más inteligente en un sentido biológico, sino porque operaba con datación divina, con la provisión directa del creador trabajaba, pero no sudaba, producía, pero no escaseaba, esa es la condición original, trabajo en obediencia al creador con dotaciones infinitas dentro de un orden que no lo restringió, sino que lo completó.
Y entonces dice la Torá: “de todo árbol del huerto podrás comer.” Génesis 2:16. No de algunos, no según tu capacidad, de todo. Eso es abundancia, radical eso es el paraíso. Después, vino la caída y con la caída vino la pérdida. Pero es fundamental entender qué se perdió y qué no. Lo que se perdió no fue el trabajo, lo que se perdió fue la dotación divina con la que el hombre trabajaba. Antes de la caída el hombre tenía acceso directo a la provisión del creador. Dotaciones infinitas, capacidades cognitivas sin límite, conocimiento sin esfuerzo. Después de la caída todo eso quedó clausurado. Las dotaciones pasaron de infinitas a finitas, la capacidad cerebral se redujo a una fracción de lo que era y la tecnología, que en el paraíso no era necesario porque el creador proveía, directamente se convirtió en algo que el hombre debía descubrir por sí mismo, con esfuerzo, con error, con tiempo. Y apareció lo que la Torá describe con una precisión brutal: “con el sudor de tu frente comerás el pan Génesis 3:19.”
El mismo trabajo, pero con una herramienta rota. El mismo mandato de producir y crecer, pero ahora con escasez, con esfuerzo, con límite. Y en ese momento, en el mundo pos caída, en el mundo con dotaciones finitas y tecnología que hay que descubrir, el hombre tiene que elegir cómo organizarse. Y aquí está el punto que quiero subrayar con fuerza: el capitalismo de libre empresa es el sistema que Dios preparó a través de su ley, para que después de la caída el trabajo continuara. No lo inventó el hombre; el hombre lo descubrió al obedecer. Está inscripto en los Diez Mandamientos en el orden moral que el creador estableció, antes de que existiera cualquier Estado o cualquier mercado. No restaura la dotación divina que se perdió, no devuelve al hombre la capacidad infinita que tenía en el Edén; pero es el único sistema que, en consonancia con la ley de Dios, permite que el hombre trabaje, innove, descubra tecnología y genere prosperidad, dentro de sus condiciones actuales. Y más aún, es el camino que, alinearse con esa ley, permite traer el paraíso a la tierra. No el paraíso de las dotaciones infinitas ese lo perdimos sino el paraíso posible: la abundancia radical dentro del mundo caído, lograda por la obediencia al orden divino.
Las condiciones que el capitalismo necesita para funcionar están escritas en los Diez Mandamientos. Esto no es una metáfora ni una analogía: es una correspondencia estructural que quiero destacar con toda la precisión que merece. Y para hacerlo hay que empezar por el principio, por el verdadero principio: el primer mandamiento en la versión judía de la Torá.
En el judaísmo, el primer mandamiento no es una orden en el sentido estricto, es una declaración. Está en el libro del Shemot, el Éxodo, en la Parashá Itró y dice: yo soy el Eterno, tu Dios, que te saque de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud, Shemot 20:2. Dios no comienza con una prohibición, comienza con un acto de liberación. Se presenta como el que rompe cadenas, como el que saca al hombre de la esclavitud. Ese es el fundamento de todo lo que sigue. Antes de decirle al hombre que no puede hacer, Dios le recuerda quién le hizo libre. La libertad no es una conquista humana, es un don divino y de eso es donde surge la responsabilidad de no esclavizar al prójimo, de no someterlo, de respetar irrestrictamente su proyecto de vida. Ese es el liberalismo en su esencia más profunda, el respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa al derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. No es una ideología de laboratorio, es la consecuencia directa del primer mandamiento. No matarás es la defensa absoluta del derecho a la vida, sin ese derecho no hay proyecto de vida posible, no hay propiedad que valga, no hay contrato que tenga sentido, es el mandamiento que establece el principio de no agresión en su forma más pura. Nadie puede iniciar la fuerza contra otro, la vida del prójimo es inviolable, su cuerpo es inviolable y esa inviolabilidad es la condición de posibilidad de toda vida en convivencia libre.
No robarás: sin propiedad privada no hay mercado. Si el fruto de mi trabajo puede ser confiscado por otro desaparece el incentivo a producir. La propiedad privada no es una convención humana arbitraria, es el reconocimiento de que el trabajo del hombre le pertenece porque el Creador mismo lo instituyó así. No darás falso testimonio: sin verdad en el contrato no hay trato posible. El mercado libre es en esencia un sistema de intercambio voluntario basado en información veraz. La mentira lo corrompe, el fraude lo destruye, por eso la honestidad no es una virtud opcional dentro del capitalismo. Es su condición de existencia. No codiciarás: sin respeto por lo ajeno no hay convivencia pacífica. La codicia, el deseo de apropiarse de lo que pertenece al otro es exactamente el combustible moral del colectivismo en sus distintas versiones. La Torá lo prohíbe porque destruye el tejido de confianza sobre el que se construye cualquier orden social libre. Son las mismas normas que en el judaísmo son lo que se llama el No Hacer. La valla que protege la convivencia libre entre individuos y son también la columna vertebral del cristianismo en todas sus tradiciones.
El sistema que respeta esas normas, el sistema que hace de la propiedad privada y el contrato voluntario sus pilares es el sistema que está en consonancia con la ley de Dios. Y esa consonancia no es accidental: es estructural. Hans-Hermann Hoppe demostró con rigor lógico desde la filosofía que la combinación de dos principios: el principio no agresión que surge del no matarás y el principio lockiano de aplicación originaria que surge del no robarás, es la única base posible para un orden social justo y eficiente. El trabajo del hombre sobre los recursos que nadie ha reclamado genera propiedad legítima. Esa propiedad protegida por la no agresión genera intercambio voluntario; y ese intercambio voluntario libre de coacción es el motor de la prosperidad.
Jesús Huerta de Soto lo precisó con su concepto de eficiencia dinámica: ese sistema no solo es justo sino que además maximiza el crecimiento económico a largo plazo, liberando creatividad empresarial, descentralizando el conocimiento y convirtiendo la libertad en el camino más corto hacia la abundancia: el camino de vuelta al paraíso. Es por eso que el capitalismo de libre empresa y no otro sistema es el que deriva en abundancia radical. Hay una enseñanza que escuché en una conferencia en conmemoración del rebe Menajem Mendel Schneerson, de bendita memoria, y que desde entonces no me abandona: la misión no era guiar a su pueblo a la tierra prometida, sino traer al paraíso la tierra. Gracias Svitz.
Y la razón es aún más profunda, porque Dios desea tener una morada en el mundo físico, en los reinos inferiores. No somos nosotros los que intentamos alcanzar el cielo; es el Creador el que quiere habitar la Tierra. El gobierno total, eterno y final de Dios no es en los cielos solamente, es en la Tierra. Esperen que al final voy a hacer un análisis de la parashá de la semana. Esta enseñanza tiene su raíz en la Torá. En el libro de Levítico el Creador promete: “Si anduvieras en mis estatutos y guardares mis mandamientos y los pusierais por obra, yo daré vuestra lluvia en su tiempo y la tierra rendirá sus productos y el árbol del campo dará sus frutos” (Levítico 26:3 y 4).
La prosperidad material es la consecuencia natural de la obediencia espiritual. El paraíso no se alcanza, se trae. Y se trae cumpliendo la ley de Dios aquí, en esta tierra, en este tiempo. Y está en el Padrenuestro también, para quien quiera escuchar. La oración no dice “vamos nosotros al reino”, dice “venga a nosotros tu reino, así en la tierra como en el cielo”. El paraíso viene a nosotros. A nosotros que lo perdimos, que fuimos expulsados, que no podemos volver por nuestros propios medios, por eso el creador viene a nosotros. Porque nosotros perdimos ese lugar y ya no podemos recuperarlo solos. “Así en la tierra como en el cielo” no es una fórmula litúrgica, es un programa, es traer el paraíso la tierra y para traerlo el hombre debe cumplir la ley de Dios.
Al cumplir la ley de Dios, tendremos un sistema económico que es justo, que es eficiente y que además, maximiza el crecimiento y por ende deriva en abundancia radical. Es en el capitalismo en consonancia con los valores judíos-cristianos el camino de regreso, no el paraíso mismo ese lo perdimos, sino el sistema que dentro de las condiciones del mundo caído más se aproxima a él. Sin embargo, cuando uno rechaza la ley de Dios el resultado no es incierto, esa cosmovisión que lo rechaza engendra un conjunto de valores morales que son exactamente los opuestos a los valores judeos-cristianos. La envidia, el odio, el resentimiento y el trato desigual ante la ley y en su expresión más consecuente. Ese sistema implica en función del objetivo del grupo el exterminio físico de individuos. No es una posibilidad teórica, es la historia verificable de todos los regímenes que abrazaron ese programa. Más de 150 millones de muertos y la miseria sistemática de los pueblos que cayeron bajo su dominio. En esa posición alternativa, la posición del Estado deja de estar acotada el servicio del orden. Es el Estado como Dios sustituto, como poder absoluto y sin rendición de cuentas ante ninguna ley que lo trascienda. Es el intento más ambicioso y más devastador de reemplazar el orden divino por el orden humano y el resultado siempre es el mismo, miseria, muerte, infierno en la tierra. Así, mientras que el programa de Dios trae armonía y abundancia y armonía espiritual y material, el sistema alternativo en lugar de traer el paraíso nos trae el infierno. Es el programa opuesto al programa de Dios. La elección no es política, la elección es moral.
La Torá cierra el ciclo con una claridad que no admite interpretaciones intermedias. En el libro de Deuteronomio Moisés le habla al pueblo antes de entrar a la Tierra prometida: “Mirad, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal, porque yo te mando hoy que ames al Eterno, tu Dios, que andes sus caminos y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos para que vivas y seas multiplicado. El Eterno, tu Dios, te bendiga.” Deuteronomio 30:15-16. La vida y el bien de un lado, la muerte y el mal del otro, no hay un tercer camino.
Eso es lo que intento transmitir en el lenguaje de la filosofía y de la economía, pero con una convicción que viene de más arriba. Que hay un orden moral en el universo, que ese orden tiene consecuencias materiales concretos y que el hombre libre que honra la ley de Dios está construyendo, ladrillo a ladrillo, sudor a sudor, el único paraíso que nos está permitido edificar en esta vida. No el paraíso que perdimos, el que podemos traer. El que se atrae con obediencia, con trabajo, con libertad, el que se trae cuando uno elige la vida y el bien, y le da la espalda de una vez y para siempre a la muerte y el mal. Esa es la batalla y en esa batalla estoy, y estoy con todo.
Todo esto vale para el hombre individual, pero las sagradas escrituras no se detienen, ahí va más lejos, porque lo que es verdad para el individuo es verdad también para las naciones. Y lo que es verdad para las naciones es especialmente verdad para quien las gobierna. El gobernante que honra la ley de Dios no solo prospera a él, hace prosperar a su pueblo. El gobernante que lo rechaza no solo cae él, arrastra a su pueblo a la miseria. Esa es la responsabilidad más pesada que existe el Tanaj lo establece sin eufemismo, en el libro de los Proverbios está escrito: “cuando los justos dominan, el pueblo se alegra. Cuando domina el impío, el pueblo llora.” Proverbios 29:2. Y volviendo a la a la Torá, en el libro de Deuteronomio, Moisés le dice al pueblo antes de entrar a la tierra prometida: “Ponés Rey sobre ti, que no apartes su corazón de los mandamientos, para que prolongue los días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel.” Deuteronomio 17:15-20. El rey que obedece la Ley, perdura. El pueblo que obedece la ley, prospera. La nación que honra el honor divino, recibe la bendición de ese orden y la que lo rechaza, recibe su consecuencia. No como castigo arbitrario sino como resultado lógico, inevitable, inscrito en la naturaleza misma de las cosas desde el principio de los tiempos. Yo le entendí y es por eso que actúo como actúo. El que tenga oídos, que oiga; el que no quiera oír, que se haga cargo de las consecuencias.
Finalmente, para terminar estas palabras, que no es ni más ni menos que mi testimonio, y como muestra de agradecimiento por todo lo que vengo aprendiendo desde hace años, pero muy especialmente desde ese bendito momento, hermoso momento en que lo conocí a Axel Vahnish. La parashá de esta semana, Shlaj, relata cómo los exploradores enviados por Moisés, regresaron desalentando al pueblo y afirmando que sería imposible conquistar la tierra de Israel. A primera vista resulta difícil entender cómo la generación que recibió la Torá y vio milagros tan extraordinarios como las plagas en Egipto, el cruce del Mar Rojo y más, pudo dudar de la ayuda del Creador. Sin embargo, el problema no era la falta de fe, sino una una comprensión equivocada de su misión. En el desierto recibían el Maná del cielo, estaban protegidos por las nubes de Gloria y podían dedicarse casi exclusivamente a lo espiritual. Ingresar a la tierra de Israel significaba trabajar, sembrar, cosechar, construir una economía y asumir responsabilidades materiales.
Ellos preferían permanecer en el desierto y alejados de cuestiones mundanas. No comprendieron que el objetivo final no era escapar del mundo material, sino transformarlo y elevarlo. La verdadera misión consistía en traer la santidad a la tierra, al trabajo, a la producción y a la vida cotidiana. Por eso fue necesario que pasaran 40 años y que venga una nueva generación, una generación dispuesta a asumir el desafío de actuar sobre la realidad en lugar de refugiarse en ella. Esta enseñanza tiene una relación directa con el proceso que hoy vive la Argentina. Durante años se instaló la idea de que era posible vivir de subsidios o recursos ajenos sin generar riqueza alguna.
Pero luego, afortunadamente, los argentinos despertaron y comprendieron que la prosperidad real exige esfuerzo, responsabilidad, producción y creación de valor. Al igual que en Shelaj, el desafío no consiste en permanecer en una zona de confort, sino en animarse a transformar la realidad. Porque el propósito no es vivir de la asistencia permanente, sino construir un lugar capaz de crecer a partir del trabajo, la libertad y la responsabilidad individual. Y de esta manera logramos llevar nuestra fe, nuestras ideas y convicciones y la espiritualidad al mundo en general y a nuestras vidas cotidianas. Que Dios los bendiga a todos, que las fuerzas del cielo nos acompañen y muchas gracias por permitirme estar con ustedes.
