Palabras del Presidente Javier Milei tras recibir un Doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Bar-Ilan de Israel
Discurso del Presidente Javier Milei tras recibir un Doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad Bar-Ilan de Israel. pic.twitter.com/UNVSNcJhEZ
— Oficina del Presidente (@OPRArgentina) April 20, 2026
Presidente de la Universidad Bar-Ilan, Profesor Arie Zaban, autoridades, miembros del profesorado y cuerpo estudiantil:
Me honra profundamente recibir de parte de ustedes este Doctorado Honoris Causa, en especial, en un año tan especial para esta prestigiosa institución, que marcará su aniversario número 60. Estoy sumamente agradecido por haber sido considerado para una distinción de este calibre, sumándome a la selecta lista de líderes mundiales que han dejado su marca en la historia moderna.
Para este momento tan especial y que tanto significa para mí ser reconocido aquí, en Israel, voy a estar poniendo a consideración de ustedes lo que es el epílogo de mi nuevo libro que digamos y que el nombre de esta charla es ‘Capitalismo: la divina maquinaria del paraíso’. Básicamente, la charla va a tener dos partes. La primera parte que es el nombre del libro que se llama: “La moral como política de Estado”, donde voy a estar dando los elementos de cómo construir políticas de Estado en función y en base a los valores éticos y morales, pero a diferencia de los otros casos y las otras charlas que he dado, en este voy a dar las bases de por qué considero que abrazar los valores judeocristianos conducen a la prosperidad; de ahí decir que capitalismo, la divina maquinaria del paraíso. Es decir, hemos sido expulsados del paraíso, no podemos volver al paraíso, pero si obramos acorde a las leyes de Hashem, el paraíso va a venir a nosotros y esa va a ser el core de la presentación, de lo que es el epílogo del libro.
Por eso primero voy a arrancar con lo que yo llamo la moral como política de Estado, que básicamente tiene tres bloques. Uno que tiene que ver con los valores éticos y morales de Occidente; hay un bloque vinculado a la eficiencia económica; y hay un tercer bloque dedicado al utilitarismo político. Cuando uno diseña políticas, acorde a los valores éticos y morales, la consecuencia es que uno diseña políticas justas, y cuando se diseñan políticas justas esas políticas son eficientes. Es decir, justicia y eficiencia son dos caras de la misma moneda. Hay un falso el dilema que suelen proponernos como cosas que están en conflicto. Es decir, uno no puede en el altar de la eficiencia hacer cosas injustas. Y la tercera parte tiene que ver con el utilitarismo político, si en el fondo uno va a cosechar o no los votos que le permita seguir trabajando en el manejo del Estado de la administración.
Entonces, cuando estos temas están vinculados, están en consonancia, uno genera políticas que son justas y el resultado es que generan prosperidad, mientras que cuando entran en conflicto, terminan en crisis. De hecho, hay una frase hermosa de Murray Newton Rothbard, el inventor del anarcocapitalismo, y que podría ser aplicada a distintas cuestiones. Pero lo que señala Rothbard en términos de economía, dice: la materialización de la crisis es de naturaleza económica, pero la raíz es moral. Entonces, cuando uno empieza a violentar los valores éticos y morales, el resultado, inexorablemente va a ser el desastre. Y créame que vengo de un lugar donde, durante casi 100 años, estuvimos probando con esos desastres y así nos ha ido.
Así es que, básicamente, lo que voy a explicar en este momento es esto de la moral como política de Estado y a qué me refiero cuando hablo de los valores éticos y morales de Occidente. Básicamente, por un lado, la filosofía griega, es decir, la forma bajo la cual los griegos fueron pensando el mundo occidental. Por otra parte, hago referencia al derecho romano; la referencia obligada es Ulpiano. Es más, también son los temas del derecho; yo me focalizo esencialmente sobre el derecho natural, que es el derecho a la vida y al derecho a la libertad, sumado al principio de apropiación de Locke, y ese sistema tiene las características no solo de ser justo, sino que, además, de ser eficiente. Y que eso, además, tiene consecuencias dinámicas.
Por otra parte, otro de los pilares es la rectitud de los estoicos, y la realidad es que cuando repaso a los estoicos… es más…cuando uno repasa al propio Adam Smith, cuya obra más conocida, que es la investigación sobre la naturaleza y causa de las riquezas de las naciones, básicamente es la obra de un estoico. Más allá de los defectos que uno podría encontrarle a la obra, y mucho de su obra tiene que ver con otra obra de él que se llamaba La teoría de los sentimientos morales, y en el último punto abordaba la cuestión de la virtud.
Pero dado que estoy en Israel, puedo hacer la presentación que uno encontraría en las sagradas escrituras, como equivalente, y que, por ejemplo, ha sido muy revelador para mí. Cuando yo ya me encontraba en interacción con mi querido amigo el embajador argentino aquí, en Israel, el rabino Axel Wahnish. Entonces, estábamos a la puerta de un nuevo año, con nuevo judío, y entonces Axel me propuso que, cuando fuera el momento que se entraba en año nuevo, pidiera tres deseos y, como tenemos tanta confianza, después, cuando pudimos hablar, me preguntó qué pedí. Entonces, yo le dije que había pedido sabiduría para poder distinguir del bien del mal, había pedido coraje para elegir el bien y templanza para poder sostenerme en el camino del bien. Bueno, para mi sorpresa, me dijo: pediste los deseos del Rey Salomón.
Y, obviamente, después, como fui aprendiendo más sumé el tema de justicia, es decir, teniendo bien claro que algo por ser legal no necesariamente es legítimo, sino que uno lo que tiene que buscar es que, digamos, el derecho natural y el derecho positivo estén en consonancia, de modo tal que la ley sea justa. Cuando no hay consonancia, algo por más legítimo, digo, por más legal que sea, eso no lo hace legítimo, y no hace falta que le cuente tantas cosas que han sido sancionadas como leyes y eran profundamente ilegítimas, profundamente injustas y que no eran más ni menos que para darle una pátina de falsa conciencia a gente que quería ser atrocidades.
Y no es casualidad que son las mismas virtudes que presentan los estoicos y, básicamente, es muy similar al entramado que hace Adam Smith, solo que aúna el coraje y la templanza en algo que sería como el autocontrol, el self-command, y así en esa combinación llega a tres y le permite sumar la beneficencia, pero la beneficencia hecha con los propios recursos, no con los ajenos. Con lo cual, básicamente, a eso es a lo que me refiero cuando hablo con la rectitud de los estoicos. Y, básicamente, cuando hago referencia a los valores judeocristianos, que es la parte que después voy a estar desarrollando en lo que es el epílogo, básicamente hago referencia a los 10 mandamientos, a los pecados capitales y al no hacer; entiendo que acá me comprenden mejor qué es lo que quiero decir cuando hablo del no hacer.
La segunda cuestión que abordo, cuando hablo de la moral como política de Estado, que tiene que ver con la eficiencia económica, pero que es algo que claramente está un escalón debajo de lo que son los valores éticos y morales, básicamente lo que estoy haciendo es hablar de la eficiencia tanto en términos estáticos como en términos dinámicos. En general, la idea de eficiencia suele mirarse con una herramienta que se conoce como Óptimo de Pareto, dónde, básicamente, se postula que cada uno de nosotros, guiados por nuestro propio interés, eso conduce al máximo bienestar general. Sin embargo, lo que hago en ese caso es confrontar entre el planteo neoclásico de la mano invisible a la Pareto y lo confronto con la visión de Hans-Hermann Hoppe. Esto que parece algo así como una cuestión de discusión técnica y estética, en términos prácticos no lo es, porque hace la gran diferencia.
Básicamente, en la visión neoclásica, el core central de la economía neoclásica fue el equilibrio y, básicamente, cuando ustedes miran un equilibrio, intentan probar que existe, que es único y que es estable. Sin embargo, los economistas no quisieron quedarse ahí y, seducidos por la idea de la mano invisible, buscaron una forma que, además, se diera la situación de que eso además fuera óptimo. El tema es que la forma en la que se resolvió el problema fue apelando a la matemática, concretamente a la topología; por lo tanto, se construyó una estructura analítica que las funciones de demanda, las funciones de oferta, fueran derivados de un ejercicio de optimización, con lo cual cada una de esas demandas y ofertas individuales llegaran a construirse en funciones de exceso de demanda que, además, surgen de óptimos; por lo tanto, en el caso que uno encontrara el vector de precios de equilibrio, ese equilibrio existiría. Si tuviera algunas propiedades en cuanto a la estricta convexidad en las funciones bajo análisis, ese equilibrio sería único; si los efectos directos dominaran, a los efectos cruzados, lo cual es bastante razonable, además, el equilibrio sería estable, pero, en este caso, además, sería óptimo.
El problema es que eso nos deja sujetos a una estructura matemática muy rígida, y el problema es qué sucede cuando el modelo no mapea con la realidad. Bueno, desde mi punto de vista, los economistas tomamos una posición muy arrogante, y que cuando el modelo no mapea con la realidad, se nos ocurrió llamar esos ‘fallo de mercado’. Quizás en términos académicos uno lo puede aceptar… Igual quién es el dueño del dedo para decir cómo debería ser ese mundo, ¿no? Pero más allá de eso, el eje central es: a mí como economista profesional, en mi otra vida, por decirlo de alguna manera, porque ahora me dedico a otro negocio…Yo trabajaba para un empresario muy importante y yo me hacía… ustedes saben que los empresarios son hombres de hacer, no son mucho de las palabras, son hombres de ayer, entonces, ustedes imagínense que yo iba con algún trabajo y le dijera: no, bueno, el modelo dice. Bueno, el modelo dice, pero si me hace perder plata a mí no me sirve nada, o sea, el destino era bastante lineal y rápido. Con lo cual…, porque es como que si ustedes tienen el modelo y la realidad no mapea el modelo, es decir, que está mal la realidad, lo cual es un disparate. Usted tendría que cambiar el modelo, no torturar a la realidad.
Entonces, lo interesante de la deducción de Hans-Hermann Hoppe, pese a que Hans-Hermann Hoppe me detesta, literalmente, me odia, dice cosas verdaderamente aberrantes, probablemente muchas de ellas tengan razón, y hace una demostración que verdaderamente es maravillosa. Hace la demostración de la eficiencia utilizando la lógica. Es decir, el planteo de Hans-Hermann Hoppe es un planteo filosófico y lo resuelve vía la lógica. Y cuando ustedes comprenden que sumar el principio de no agresión más los derechos naturales, más el principio de apropiación originaria de Locke, ustedes con esos postulados derivan que el sistema es eficiente, y a nadie se le ocurriría estar hablando de fallos de mercado si hay intercambios que son voluntarios. Por lo tanto, la demostración que hace Hoppe es muy superior porque justamente no queda restringido a una estructura matemática, que entonces cuando no mapea la estructura…
A ver, para ponerlo fácil, porque si no parece que estoy hablando todo muy abstracto, vamos al caso del monopolio ¿sí? Las estructuras monopólicas, básicamente tienen funciones de producción con rendimientos crecientes. Entonces, eso tiene un problema: salvo que tengan una solución de esquina, no pueden encontrar un máximo. Entonces, eso tienen un problema para, como eso después lo traducen a una función de oferta, que entonces no es un máximo, salvo que esté en el borde. Y, si está en el borde, tendrían una sola empresa en toda la economía, lo cual es bastante ridículo. ¿Cómo lo llaman los economistas a este problema? Lo llaman no convexidad, es decir, porque el conjunto de producción no es convexo. Es decir, si ustedes toman dos puntos de una función que tiene las características de tener rendimiento creciente, si unen los puntos, ponen dos puntos en la función, trazan la línea, eso está fuera del conjunto. Consecuentemente, ahí tienen un problema. Entonces, por eso se lo llama no convexidad.
Ahora, supongamos lo siguiente, ¿y cuál es la consecuencia? Ah, vamos a regular. Pero, si yo regulo, estoy violentando los derechos de propiedad. Entonces, ¿cómo voy a estar justificando que, en aras de la eficiencia, voy a estar robando? ¿O acaso robar está bien? Robar está mal. Entonces, ustedes se encuentran con economías hiperreguladas que, en el fondo, es estropear derecho de propiedad, y después eso hace que las economías no crezcan. Digo, ¿quieren un buen ejemplo? Europa. ¿Quieren un caso aplicado de alguien que trabaja con estas definiciones y obra en consecuencia? Argentina. En poco más de dos años, llevamos a cabo más de quince mil reformas estructurales. De hecho, el Ministerio que comanda el doctor Federico Sturzenegger se llama Ministerio de Desregulación, pero puertas adentro lo llamamos el Ministerio de los rendimientos crecientes, y que, básicamente, desregular implica devolver derechos de propiedad, y eso permite liberar rendimientos crecientes y eso genera crecimiento porque facilita la división del trabajo. Bueno, eso tiene…, obviamente, esa estructura matemática, Entonces lo comparan contra un óptimo y entonces lo empiezan a regular, y eso es lo que genera el daño y termina matando el crecimiento. Sin embargo, la estructura que desarrolla Hoppe, al ser una estructura lógica no está atada a esa estructura topológica, entonces ustedes no violentan el derecho de propiedad y se genera prosperidad.
En esa misma línea, pero ya en términos dinámicos es donde trabaja Jesús Huerta de Soto, pero va a un punto más allá todavía el Profesor Huerta de Soto porque directamente dice: bueno, ¿cuál es el sendero dinámicamente eficiente? Es aquel que genere el mayor crecimiento económico. Pero la idea es que eficiencia y justicia son dos valores de la misma…, son dos caras de la misma moneda. Es decir, ustedes no pueden pretender que algo sea eficiente e injusto. No puede ser. O sea, cómo va a ser eficiente algo que sea injusto, que ustedes estén perjudicando a alguien. Por lo tanto, cuando ustedes algo es justo, digamos, inexorablemente va a ser eficiente, y eso no pasa por cualquier lado. O sea, lo que hace es dejar de lado el relativismo moral. Es decir, hay cosas que están bien y hay cosas que están mal, y ahí no hay lugar a discusión. Es decir, con determinadas culturas no vamos a poder convivir porque si nosotros respetamos el derecho a la vida no podemos convivir con quienes nos quieren matar. Y eso, entonces, tiene consecuencias en términos de crecimiento económico.
El otro punto tiene que ver con el utilitarismo político. Muchas veces los políticos, en general todos, salvo raras excepciones, toman decisiones en función si les genera votos o no. Entonces, voy a hacer un caso salvaje: supongamos que tengo cinco personas. Una persona tiene quinientos dólares y los otros cuatro tienen cero. Va a venir alguien y va a decir ‘Uy, esto es profundamente injusto’, y le va a parecer horrible, digamos, no va a preguntar cómo cada uno generó eso, o sea, no le importa si el que tiene quinientos se mató laburando o lo heredó, ¿no?, pero lo heredó de un familiar que sí trabajó antes así que por qué me voy a estar apropiando del resultado del trabajo de una persona que se lo ganó honestamente. En ese contexto, a un político se le ocurre una idea brillante llamada justicia social y le quita 400 al que tiene 500, y le da 100 a cada uno de los cuatro restantes. Ahora todos tienen 100 cada uno. Si va a ir a una elección, va a ganar con el 80% de los votos, pero eso es profundamente injusto. Eso lo que va a hacer es dinamitar el sistema de incentivos, eso va a terminar penalizando el crecimiento económico. Además, es injusto. Con lo cual, eso no va a terminar bien, va a terminar mal. Yo vengo de un lugar donde durante muchos años se hizo eso, y vaya que tengo que luchar para explicar que esto es injusto y que deriva en el desastre.
Entonces, dada esta introducción, yo les quiero compartir con ustedes, porque esta es la primera vez que lo voy a hacer en público, esta lectura, que es “Capitalismo, la Divina Maquinaria del Paraíso”, donde es el epílogo de mi nuevo libro, y se los quiero leer tal cual lo escribís, porque refleja, además, un cúmulo de sensaciones que yo tengo. El eje central es muy simple: uno podría entender el…, les hago el resumen, después lo leo como corresponde, no claro, así saben por dónde voy, así no los estoy…, es más fácil seguirlo. Uno podría entender el paraíso como la situación de la abundancia y, por oposición, el infierno sería, básicamente, la miseria, la escasez, la violencia, el tiempo como una carga agobiante. Entonces, lo interesante es que, cuando nosotros definimos liberalismo acorde, como lo hace nuestro máximo exponente de las ideas de la libertad, que es en la Argentina, el profesor Alberto Benegas Lynch (h), dice: “El liberalismo es el respeto irrestricto, el proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en el defensa del derecho a la vida, la libertad y a la propiedad”. Y ese sistema es justo y eficiente, y ese sistema ha probado ser el único sistema que genera prosperidad. Por lo tanto, lo que yo voy a mostrar es que esos valores subyacentes, que están detrás de ese modelo, están alineados con los valores judíos-cristianos. En definitiva, si uno se abraza al cumplimiento de la ley de Dios, se genera prosperidad. No vamos a poder traer…, a ver, no vamos a poder volver al paraíso, porque hemos sido expulsados del paraíso, pero sí, como decía el Rebe, que lo que podemos hacer es traer el paraíso, es decir, con lo cual lo que vamos a probar es que el capitalismo es una máquina divina para generar prosperidad y para estar más cerca del paraíso.
Y, por defecto, todos los valores que son los del socialismo, que es la envidia, que es el odio, que es el resentimiento, que es el trato desigual frente a la ley y hasta la vulneración de la vida misma, conduce a la miseria. Fíjense que cuando yo planteo el caso de la justicia social recién, todo eso se genera ¿por qué? Porque hay cuatro tipos que le tienen envidia al que tiene quinientos. Entonces…, y fíjense que implica tratarlos desigualmente frente a la ley porque le quitaron a uno para dar a otro, y eso violenta el sistema de incentivo y eso lleva a la miseria. Es más, lleva a que, además, los seres humanos se lleven mal, no pueden convivir en paz. Así es que ese es el…, vendría a ser el eje central del argumento, y entonces ahora sí, como ya saben para dónde voy a estar yendo…, veo por ahí una camiseta de Boca; ganamos. Así que, no, bueno, tengo un ministro que de River, se está quejando. A veces toca. Entonces, ahora básicamente lo que voy a hacer es leerle tal cual fue…, cómo quedó el epílogo, y lo tienen ustedes en exclusiva. Es la primera vez que lo voy a hacer en público.
Hay libros que se escriben para informar. Hay libros que se escriben para convencer. Y hay libros que se escriben porque no escribirlo sería una traición. Este es uno de esos. No lo elegí. Me eligió. Y llegado al final, cuando la arquitectura argumental ya cumplió su función y la voz académica ya dijo todo lo que tenía que decir, me queda una sola cosa por hacer: testimoniar. Porque si hay algo que aprendí es que detrás de cada sistema económico hay una moral primera.
Detrás de cada política hay una concepción del hombre. Y detrás de cada concepción del hombre hay una respuesta —consciente o no— a la pregunta más antigua y urgente que existe: si hay o no un orden que nos trasciende. Yo encontré esa respuesta y no puedo callarla.
La conclusión a la que he llegado es simple en su formulación y profunda en sus consecuencias. Si uno abraza los valores judeocristianos su vida espiritual vibra en la misma sintonía que su vida material y, como consecuencia de esa consonancia, prospera. Cuando uno rechaza esos valores la vida material entra en conflicto con la espiritual y el resultado es la miseria. No es una intuición ni una metáfora.
Es una ley tan rigurosa como cualquier ley económica; 2 + 2 es 4. Para entender por qué, hay que empezar por el principio, y el principio, en la tradición hebrea, es el Génesis, o sea, Bereshit.
La Toráh no abre con una discusión y con un mandamiento, abre con una creación, y en esa creación está todo lo que necesitamos saber sobre la condición humana y sobre el orden que Dios imaginó para ella.
El texto dice: “Y vio Dios todo lo que había hecho y era bueno en gran manera”, o sea, Génesis 1:31.
Esa bondad radical del origen es la clave: el mundo que Dios diseñó para el hombre no era un mundo de escasez, era un mundo de abundancia. Lo que caracteriza al paraíso es la abundancia radical, no únicamente la disposición de todos los bienes que uno pudiera desear, sino también la eliminación de la restricción más fundamental que enfrenta el ser humano en la tierra: el tiempo.
Si yo quisiera consumir toda la variedad de frutos que existen, el problema en ese mundo no sería la disponibilidad, sino sería el tiempo. Pero en el paraíso hay vida eterna (ḥayyei ʿolam) en el hebreo, con lo cual el tiempo deja de ser una restricción, y en el paraíso tampoco se amortiza el cuerpo, la maquinaria que habitamos acá no solo se cansa, sino que se desgasta. Tu condición atlética de hoy no es la misma que la de hace 20 años.
Bueno, de hecho, cuando yo era jugador de fútbol, era sustancialmente más delgado.
Es decir, que en el paraíso esa degradación no existe. Por oposición, el infierno puede definirse como la miseria radicalizada, la miseria extrema, no solo la ausencia de bienes, sino la presencia del tiempo como peso, como tormento, como un día a día que aplasta sin horizonte.
La tradición judía habla del Gueinom no solo como castigo, sino como consecuencia, el resultado natural de haberse apartado del orden divino. Acá es donde la reflexión se vuelve más profunda y más incisiva, porque antes de que existiera el Estado, antes de que existiera el mercado, antes de que existiera cualquier sistema que el hombre haya construido, existía el trabajo, y el trabajo no nació de la transgresión, nació del diseño.
La Toráh lo dice sin ambigüedad: “Y tomó el eterno Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén para que lo labrara y lo guardara”, Génesis 2:15.
Eso es anterior a la caída, anterior a la transgresión, anterior a la escasez. El hombre trabajaba en el paraíso con lo que podíamos llamar dotación divina. Una capacidad cognitiva infinita, directamente provista por el creador, que no tenía límite ni declive. Tenía que ponerle nombre a todas las criaturas vivientes, lo que implicaba un dominio total del lenguaje, la biología, la anatomía, la geología, la taxonomía. No lo aprendió, lo sabía. Porque el Uno se lo había dado.
Hoy, con toda la inteligencia artificial disponible, con todos los modelos de lenguaje y sistema de cómputo que la humanidad ha construido, no hay ninguno que se aproximara siquiera a la capacidad cerebral que tenía el hombre antes de la caída.
El almacenamiento, el procesamiento, la comprensión que operaba en Adán era incomparablemente superior a cualquier inteligencia artificial actual y a todas juntas. No porque el hombre fuera más inteligente en un sentido biológico, sino porque operaba con dotación divina, la provisión directa del creador. Trabajaba, pero no sudaba; producía, pero no escaseaba. Esa es la condición original: trabajo en obediencia al creador, con dotaciones infinitas dentro de un orden que no lo restringió, sino que lo completó.
Y entonces dice la Torá: de todo árbol del huerto podrás comer - Génesis 2:16- no de algunos, no según su capacidad, de todo. Esa es abundancia radical. Eso es el paraíso. Después, vino la caída. Y con la caída vino la pérdida, pero es fundamental entender qué se perdió y qué no. Lo que se perdió no fue el trabajo, lo que se perdió fue la dotación divina con la que el hombre trabajaba. antes de la caída, el hombre tenía acceso directo a la provisión del creador. Esto es: dotaciones infinitas, capacidad cognitiva sin límite, conocimiento sin esfuerzos. Después de la caída, todo se quedó clausurado. Las dotaciones pasaron de infinitas a finitas, la capacidad cerebral se redujo a una fracción de lo que era y la tecnología, que en el paraíso no era necesario porque el creador proveía directamente, se convirtió en algo que el hombre debía descubrir por sí mismo, con esfuerzo, con error, con tiempo. Y apareció lo que la Torá describe con una precisión brutal: con el sudor de tu frente comerás el pan, Génesis 3:19. El mismo trabajo, pero con una herramienta rota; el mismo mandato de producir y crecer, pero ahora con escasez, con esfuerzo y con límite.
Y en ese momento, el mundo pos-caída, el mundo con dotaciones finitas y tecnología que hay que descubrir, el hombre tiene que elegir cómo organizarse. Y aquí está el punto que quiero subrayar con fuerza: el capitalismo es el sistema que Dios preparó a través de su ley para que después de la caída el trabajo continuara. No lo inventó el hombre. El hombre lo descubrió al obedecer. Está inscripto en los diez mandamientos. El orden moral que el creador estableció antes de que existiera cualquier Estado o cualquier mercado. No restaura la dotación divina que se perdió, no devuelve al hombre la capacidad infinita que tenía en el Edén, pero es el único sistema que, en consonancia con la ley de Dios, permite que el hombre trabaje, innove y descubra tecnología y genere prosperidad dentro de sus condiciones actuales. Y más aún, es el camino que al alinearse con esa ley permite traer el paraíso a la tierra. No el paraíso de las dotaciones infinitas. Ese lo perdimos. Sino el paraíso posible. Abundancia radical dentro del mundo caído, lograda por la evidencia al orden divino.
Las condiciones que el capitalismo necesita para funcionar están escritas en los diez mandamientos. Esto no es una metáfora ni una analogía. Es una correspondencia estructural que quiero destacar con toda la precisión que merece, y para hacerlo hay que comenzar por el principio, por el verdadero principio, el primer mandamiento de la versión judía de la Toráh.
En el judaísmo, el primer mandamiento no es una orden en sentido estricto, es una declaración. Está en el libro de Shemot, o sea, Éxodo, la Parashá Itro, y dice: “Yo soy el eterno, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud”, Shemot 20:2”.
Dios no comienza con una prohibición, comienza con un acto de liberación. Se presenta como el que rompe las cadenas, como el que saca al hombre de la esclavitud. Ese es el fundamento de todo lo que sigue: antes de decirle al hombre qué no puede hacer, Dios le recuerda quién lo hizo libre. La libertad no es una conquista humana, es un don divino, y de ese don surge la responsabilidad de no esclavizar al prójimo, de no someterlo y de respetar estrictamente su proyecto de vida. Eso es el liberalismo en su esencia más profunda: “El respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa del derecho a la vida, la libertad y a la propiedad”. No es una ideología de laboratorio, es la consecuencia directa del primer mandamiento.
Luego, “no matarás”, es la defensa absoluta del derecho a la vida. Sin ese derecho no hay proyecto de vida posible, no hay propiedad que valga, no hay contrato que tenga sentido. Es el mandamiento que establece el principio de no agresión en su forma más pura: nadie puede iniciar la fuerza contra otro, la vida del prójimo es inviolable, su cuerpo es inviolable, y esa inviolabilidad es la condición de posibilidad de toda convivencia libre.
También tenemos el mandamiento que dice ‘no robarás’. Sin propiedad privada no hay mercado. Si el fruto de mi trabajo puede ser confiscado por otro, ya sea un ladrón o un Estado que redistribuye por la fuerza, desaparece el incentivo a producir. La propiedad privada no es una convención humana arbitraria. Es el reconocimiento de que el trabajo del hombre le pertenece porque el creador mismo se lo instruyó así.
Otro que también juega un rol fundamental, que es ‘no darás falso testimonio’. Bueno, de eso, digamos, parece que evidentemente gran parte del periodismo entonces juega para las fuerzas del mal. El otro día, en la charla que tenía con mi queridísimo amigo “Bibi”, hablábamos de cómo tenemos que vivir y soportar las mentiras, las calumnias, injurias del periodismo de una manera violenta. Y una de las cosas que a uno lo pone mal es que cuando estaba del otro lado de la Matrix, en realidad les creía, y el problema es que cuando uno está acá se da cuenta todas las aberraciones que causan, pero también hay algo también interesante porque están aquellos que todo lo critican… Hay una parte maravillosa en la biografía de Bibi que dice que el día que logre caminar sobre las aguas, lo van a criticar porque no sabe nadar.
También otro caso que a mí me suele inspirar muchísimo es el caso de Moshé, ya habiéndose cruzado el Mar Rojo, ya estando en camino a la tierra prometida…Cuando Moshé se levantaba temprano lo criticaban diciendo que se había peleado con Séfora. Cuando se levantaba tarde lo criticaban porque básicamente estaba haraganeando. Y si se levantaba en punto lo criticaban porque decían que no tenía nada que hacer. Es decir, no importa lo que hiciera, lo iban a criticar. Y para ponerlo en un caso más cercano: días atrás vi el especial de Elvis Presley, es EPiC: “Elvis Presley in Concert”, y arranca cuando Elvis era joven y las cosas que decían…, que no sabía cantar, que no tenía talento… Bueno, le dicen unas cosas bastante fuertes. Por lo tanto, también quiero dejar un mensaje acá. La verdad es que los van a criticar siempre. Siempre van a ser criticados, siempre el poder es inexorablemente una pirámide. Todos aspiran a estar en la parte más alta de la pirámide y las personas tratan de escalar, algunas con herramientas legítimas y otras con herramientas ilegítimas, y todo es como una crítica, y entonces los de abajo critican a todos, el escalón que le sigue ya no se fija en los de abajo, pasan a los de más arriba, pero hay una característica del que le toca estar arriba de la pirámide: lo critican todos.
Esto no es un tema menor porque es lo mismo que en un partido de fútbol. Las tribunas en Argentina son muy lindas con el celeste y blanco y muy coloridas y con mucha alegría y con lindos cánticos, pero los goles los mete Messi.
Entonces, la recomendación es que, si alguno le interesa meterse en este juego de ir a pelearse con el de los cuernos cara a cara, tienen que saber que los van a criticar, pero lo más interesante es que el que está gobernando, el que está administrando, es el que está escribiendo la historia. Nunca pasó a la historia un crítico. O sea, a la historia la escriben los tipos que hacen, no los que critican.
Por eso, más allá de aquellos que critican, pero lo hacen desde mentiras, porque si lo criticaran desde cosas ciertas, estaría muy bueno, porque uno podría mejorar. Pero, cuando la crítica viene sola por el hecho de destruir y conseguir ventajas, es como…, fíjense, es muy triste para el que miente, porque - en el fondo - trata de conseguir algo en base al engaño. Es decir, es alguien que perdió antes de empezar. Podrán ganar una batalla, pero créanme que van a perder la guerra.
Y, por ende, además, esto de no dar falso testimonio, es decir, tiene un correlato, que es que, sin verdad en el contrato, no hay trato posible. Es decir, si ustedes desconfían de la otra parte se vuelven más importantes los abogados para dirimir el problema que para hacer un trato. Es decir, y eso es complicado, porque, si llegábamos al límite que, hasta para ir a comprar, no sé, un caramelo en un kiosco tenemos que hacer un contrato formal, tendríamos un problema enorme, porque las transacciones se volverían muy caros y la calidad de vida caería sustancialmente.
A su vez, el mercado libre es, en esencia, un sistema de intercambio voluntario basado en información veraz. La mentira lo corrompe, el fraude lo destruye. Por eso, la honestidad no es una virtud opcional dentro del capitalismo, es su condición de existencia.
Y, después, esto que los pone en un lugar bastante incómodo a los de izquierda ‘no codiciarás’. Sin respeto por lo ajeno no hay convivencia pacífica. La codicia, el deseo de apropiarse de lo que pertenece al otro, es exactamente el combustible moral del colectivismo y del marxismo. La Torá lo prohíbe porque destruye el tejido de confianza sobre el que se construye cualquier orden social libre. Son las mismas normas que en el judaísmo se llaman el no hacer; no lo voy a mencionar en hebreo porque lo voy a hacer mal, pido perdón. Que es la valla que protege la convivencia libre entre individuos, y son también la columna vertebral del cristianismo en todas sus tradiciones. El sistema que respeta esas normas, el sistema que hace a la propiedad privada y el contrato voluntario sus pilares, es el sistema que está en consonancia con la ley de Dios, y esa consonancia no es accidental, es estructural. Hans-Hermann Hoppe demostró con rigor filosófico que la combinación de dos principios, el principio de no agresión, que surge del no matarás, y el principio lockeano de apropiación originaria, que surge del no robarás, es la única base posible para un orden socialmente justo y eficiente.
El trabajo del hombre sobre los recursos que nadie ha reclamado genera propiedad legítima. Esa propiedad, protegida por la no agresión, genera intercambio voluntario, y ese intercambio voluntario, libre de coacción, es el motor de la prosperidad. Jesús Huerta de Soto lo precisó como su concepto de eficiencia dinámica. Ese sistema no solo es justo, sino que, además, maximiza el crecimiento económico a largo plazo, liberando la creatividad empresarial, descentralizando el conocimiento y convirtiendo la libertad en el camino más corto hacia la abundancia. El camino de vuelta al paraíso. Es por eso que el capitalismo, y no otro sistema, es el que deriva en la abundancia radical.
Hay una enseñanza que escuché en una conferencia en conmemoración del Rebe, el Rebe Menachem Mendel Schneerson, de bendita memoria, y entonces no me abandona: la misión no era guiar a su pueblo a la tierra prometida, sino traer el paraíso a la Tierra. Y la razón es aún más fundamental, porque Dios desea tener una morada en el mundo físico en los reinos inferiores, no somos nosotros los que intentamos alcanzar el cielo, es el creador el que quiere habitar la Tierra, el gobierno total, eterno y final, que Dios no es en los cielos solamente, es en la Tierra. Esa enseñanza tiene sus raíces en La Torá, en el libro de Levítico, “El Creador Promete”: “Si anduvierais en mis estatutos y guardarais mi mandamiento y los pusieras por obra, yo daré vuestra lluvia en su tiempo y la tierra rendirá sus productos y el árbol del campo dará su fruto”, Levítico 26:3-4.
La prosperidad material es la consecuencia natural de la obediencia espiritual: “El paraíso no se alcanza, se trae, y se trae cumpliendo la ley de Dios aquí, en esta tierra, en este momento”. Y está en el Padre Nuestro también, para quienes quieran escuchar la oración, nos dice: “Vámonos nosotros al reino”, dice: “Venga a nosotros tu reino, así en la tierra como en el cielo”. El paraíso viene a nosotros, a nosotros que lo perdimos, que fuimos expulsados, que no podemos volver por nuestros propios medios. Por eso, el creador viene a nosotros, porque nosotros perdimos ese lugar y ya no podemos recuperarlo solo. “Así en la tierra como en el cielo” no es una fórmula litúrgica, es un programa, es traer el paraíso a la Tierra, y, para traerlo, el hombre debe cumplir la ley de Dios. Al cumplir la ley de Dios, vas a tener un sistema económico que es justo, que es eficiente y que, además, maximiza el crecimiento y, por ende, te derivan abundancia radical. Ese es el capitalismo en consonancia con los valores judeocristiano, el camino de regreso, no al paraíso mismo, ese lo perdimos, sino el sistema que, dentro de las condiciones del mundo caído, más se aproxima a él.
Sin embargo, cuando uno rechaza la ley de Dios, cuando adscribe al marxismo, el resultado no es incierto. El marxismo no es simplemente una teoría económica alternativa con errores técnicos corregibles. Es algo mucho más serio. Se autodeclara como una teoría satánica. Marx era satanista. Sus propios textos de juventud lo revelan. El drama Oulanem, anagrama de Manuel, nombre bíblico de Cristo, es un himno a la destrucción y al odio contra el creador. Dice textual «pronto abrazaré la eternidad y lanzaré gigantescas maldiciones a la humanidad», escribe Marx en ese texto. Richard Wurmbrand lo documentó con rigor en su libro Marx y Satanás. Los textos existen, están publicados, están disponibles para quien los quiera leer. No es una acusación retórica. Es una descripción de la cosmovisión que está en la raíz del sistema. Y esa cosmovisión engendra un conjunto de valores morales que son exactamente los opuestos a los valores judeocristianos. Los valores del colectivismo son la envidia, el odio, el resentimiento y el trato desigual ante la ley. En su expresión más consecuente, ese sistema implica, en función del objetivo del grupo, el exterminio físico de individuos en todas sus vertientes. Ya sea en la comunista extrema o en las versiones nacionalsocialistas que estuvieron en algunos lugares como Italia, Alemania y Austria.
No es una posibilidad teórica. Es la historia verificable de todos los regímenes que abrazaron ese programa. 150 millones de muertos y la miseria sistemática de los pueblos que cayeron bajo su dominio. Lo que el marxismo hace en su esencia teológica es ocupar el lugar de creador, así como la caída nació del deseo de ser como Dios, seréis como dioses, le dijo la serpiente a Eva (Génesis 3:5), el marxismo instala al Estado total, el Estado sin límite, el Estado que lo abarca y lo controla todo en el lugar del uno. Él decide qué es justo, él define qué corresponde, él distribuye lo que no produce. No es el Estado como herramienta acotada al servicio del orden. Es el Estado como Dios sustituto, como poder absoluto y sin rendición de cuentas ante ninguna ley que lo trascienda. Es el intento más ambicioso y más devastador de reemplazar el orden divino por el orden humano. Y el resultado siempre es el mismo: miseria, muerte, infierno en la tierra. Mientras que el programa de Dios trae abundancia y armonía espiritual y material, el programa marxista es un programa satánico, que - en lugar de traerte al paraíso - te trae al infierno. Ese es el programa opuesto al programa de Dios. La elección no es política, es moral.
La Torá cierra el ciclo con una claridad que no admite interpretaciones intermedias. En el libro Deuteronomio, Moisés le habla al pueblo antes de entrar a la Tierra Prometida y les dice: “Mirad, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal, porque yo te mando hoy a que ames al eterno tu Dios, que andes en sus caminos y guarde sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado y el Eterno tu Dios te bendiga”, Deuteronomio 30:15-16. La vida y el bien de un lado, la muerte y el mal del otro. No hay un tercer camino, no hay un tercer camino. Se elige por el lado del bien o se elige por el lado del mal. Cualquier solución intermedia conduce al mal.
Eso es lo que este libro que escribí intenta transmitir en el lenguaje, la filosofía y la economía, pero con una convicción que viene de más arriba: que hay un orden moral en el universo, que ese orden tiene consecuencias materiales concretas y que el hombre libre, que honra a la ley de Dios, está construyendo, ladrillo a ladrillo, sudor a sudor, el único paraíso que nos está permitido edificar en esta vida. No el paraíso que perdimos, el que podemos traer, el que se trae con obediencia, con trabajo, con libertad. El que se trae cuando uno elige la vida y el bien y le da la espalda, de una vez y para siempre, a la muerte y el mal. Esa es la batalla, y en esa batalla estoy con todo.
Todo esto vale para el hombre individual, pero la Torá no se detiene ahí, va más lejos. Por lo que es la verdad para el individuo es verdad también para las naciones, y lo que es verdad para las naciones esespecialmente verdad para quien los gobierna. El gobernante que honra la ley de Dios no solo prospera él, hace prosperar a su pueblo. El gobernante que la rechaza, no solo cae él, arrastra a su pueblo a la miseria. Esa es la responsabilidad más pesada que existe, y la Torá la establece sin eufemismo en el Libro de los Proverbios está escrito “cuando los justos dominan, el pueblo se alegra. Cuando domina el impío, el pueblo gime”, proverbio 29:2.
En el Deuteronomio, Moisés le dice al pueblo antes de entrar a la tierra prometida: “ponés Rey sobre ti que no aparte su corazón de los mandamientos para que prolongue los días en su reino él y sus hijos en medio de Israel”, Deuteronomio 17:20. El rey que obedece la ley perdura, el pueblo que obedece la ley prospera, la nación que honra el orden divino recibe la bendición de ese orden y la que lo rechaza recibe su consecuencia, no como castigo arbitrario, como resultado lógico inevitable, inscrito en la naturaleza misma de las cosas desde el principio de los tiempos.
Yo, afortunadamente, lo pude entender, y es por eso que gobierno del modo que gobierno. El que tenga oídos que lo oiga el que no quiere oír que se haga cargo de las consecuencias. Que Dios bendiga a los argentinos, que Dios bendiga a Israel, que las fuerzas del cielo los acompañen y ¡viva la libertad carajo!
Muchas gracias a todos.