Discurso del Presidente Javier Milei en el Derecha Fest en Mar del Plata

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Discurso del Presidente Javier Milei en el Derecha Fest en Mar del Plata

Es un placer para mí estar en una nueva Edición de la Derecha Fest, un evento tan importante para la divulgación de las ideas de la libertad. Como ya saben, suelo decir que existen tres frentes de batalla para cambiar el país: el frente de la gestión, el frente político y la batalla cultural.

A través de la gestión, he demostrado en estos primeros dos años que el liberalismo es superior en términos prácticos porque los efectos que produce, es decir, la gente prospera cuando se le quita el Estado de encima. ¿Quién lo hubiera dicho?

En el frente político, hemos validado esa idea avasallantemente de superioridad con los votos de la gente y le hemos dado respaldo democrático en las últimas elecciones aumentando la distancia de nuestro partido con el de la oposición. ¡Gracias, jefe!

La semana pasada en Davos me dediqué a explicar por qué el liberalismo y más específicamente su aplicación económica conocida como capitalismo de libre empresa es también el sistema más justo y moralmente virtuoso que tenemos. Esto se explica porque primero: porque si no fuera justo, no merecería ser defendido, independientemente de los resultados que produjera. Defender lo injusto en pos de los beneficios personales que trae es un acto digno de un cínico y, por eso, no sorprende que sean los políticos los que comenten esto en mayor medida.

En segundo lugar, porque las aguas del mundo empiezan a separar cada vez más a los justos de pecadores y, estos últimos comienzan a ser alcanzados por las consecuencias de sus actos. ¡Se le está viniendo la noche a los zurdos! ¡La gente dijo basta de empobrecernos!

Y es, en este contexto, la batalla cultural cumple un rol central en este escenario porque es el campo en el que distinguimos el bien del mal; y es el instrumento que genera un cambio duradero y profundo en la dirección del bien. Es la batalla por las almas por eso entendí, y entiendo al auditorio de Davos como el lugar determinante para dar esa batalla.

Es más, es mucho más importante utilizar la exposición de Davos para dar la batalla cultural en lugar de atender cuestiones meramente coyunturales. Porque si no tenemos claro cuál es nuestro norte, nos extraviamos, tal como le pasó a la Argentina durante los últimos cien años; y como le pasó a Occidente en general.

Por eso… Amén. Gracias. Por eso… es un área en la que soy un poco inestable… Volviendo al discurso… El pochoclero… Saquen al pingüino del cajón para que vean que los pibes cambiaron de idea, llevar la bandera que trajo el león. Ya lo sé, vamos. Digo, no podemos editar toda la canción.

Bueno, volviendo a mis discursos en Davos, porque es justamente uno de los lugares más importantes para dar la batalla cultural, porque aparte hay que ir y jugar de visitante así. Por eso, los tres discursos tienen una concatenación precisa. En 2024 fui a alertar que Occidente estaba en peligro –parece que he tenido razón. En 2025 fui a explicar por qué debíamos rechazar los parásitos mentales que la idea woke había calado en Occidente. Y, la semana pasada fui a explicar cuál es el camino a abrazar que no es otro que el de las ideas de la libertad y el capitalismo, el sistema de mayor moral descubierto por la historia del hombre.

Tal cual mencioné durante mi discurso en el Foro de Davos, durante mucho tiempo se nos inculcó la lógica de que el intervencionismo estatal en la economía era necesario para garantizar un justo crecimiento de la economía. Ponele. Cuando digo mucho tiempo, me refiero a más de un siglo, ya a principios del siglo XX el Presidente norteamericano Wilson hablaba de la necesidad de la intervención estatal para garantizar un orden económico más equitativo. Wilson llamaba a esto la nueva libertad. Vieron que es genial, Huerta de Soto dice, cuando ustedes le ponen un adjetivo a algo quiere decir que lo están arruinando. Por ejemplo, la justicia social no es justicia. Obviamente, la nueva libertad no era libertad, sino que era prisión estatal, donde la única prisión debería ser para los chorros como la señora. Y no sólo debería ser para ella, también para los socios que tiene en el sector privado que hacen negocios turbios.

Dicho sea de paso, cuando alguien viene a ofrecerte una forma superadora de libertad es la primera señal sospechosa. Generalmente es algún esquema de planificación central en que los políticos se llenan los bolsillos a costa del que trabaja, pero la libertad es una sola, la consagrada por el derecho natural, que es el derecho a la vida y el derecho a la libertad. Tuvimos todo el siglo XX para comprobarlo, para demostrar mediante la historia que el experimento intervencionista fracasó y que la realidad tarde o temprano termina imponiéndose.

El intervencionismo estatal, a la escala que sea, implica siempre y en todo lugar un avasallamiento sobre los derechos de propiedad. Esto, indefectiblemente, termina impactando sobre los incentivos para trabajar y producir, haciendo que la economía deje de crecer. Al fin y al cabo, ¿quién querría esforzarse para que un burócrata o un holgazán se lleven los beneficios? Es decir, ¿quién pretende dirigir el crecimiento económico termina sin crecimiento que dirigir en primer lugar? Porque, como todos, es un clavo para quien solo tiene un martillo. Esa frase, ¿vieron que dice? Cuando tu única herramienta es un martillo, todo el mundo se parece un clavo. Bueno, para los políticos todo es gasto público y, obviamente, choreo, ¿no? Y la realidad es que entran en esas marañas de intervención y cuando ustedes, digamos, supuestamente, en una posición absolutamente arrogante, creen que encuentran un fallo de mercado, aparece la intervención. Y esa intervención lo que genera es un peor funcionamiento del sistema y, por ende, genera más demanda de intervención. Y terminamos así en una maraña de regulaciones impresionantes, maraña que en Argentina tuvo más de 100 años y que nosotros hemos empezado a hacerlas con las reformas estructurales más grandes del último siglo.

Pero, como ya dije, es un error pensar que el capitalismo de libre empresa es superior porque arroja mejores resultados. Es decir, no es virtuoso por ser más eficiente, sino que es más eficiente precisamente porque es moralmente virtuoso. Y esto es así porque el capitalismo está arraigado en los valores troncales de la cultura occidental, una cultura única en la historia cuya superioridad moral es indiscutible, a ser la única basada en el derecho natural a la vida, a la libertad y a la propiedad privada.

De esa manera, Occidente halló la clave de la prosperidad, la clave para el salto exponencial que dio la especie humana a partir del año 1800 y que consiste en algo muy sencillo: No hay acto más justo que ser dueños de nuestro propio tiempo y nuestra capacidad de trabajo y, por consiguiente, ser dueños de los frutos que el uso de nuestro tiempo nos deja, frutos que podemos consumir nosotros mismos o intercambiarlos libremente en el mercado. Esta es la base del capitalismo, un sistema donde la única forma de crecer es sirviendo al prójimo con bienes de mejor calidad a un menor precio.

Naturalmente, si el capitalista, el exitoso es un benefactor social por servir al prójimo con bienes de mejor calidad a un mejor precio, aquellos que tienen productos más caros y de peor calidad no son dignos del favor del mercado y, si quieren hacerlo por la fuerza, haciendo negocios turbios con el Estado, esos deben desaparecer e ir a la quiebra. Porque en ese caso no son creadores de bienestar, son destructores de bienestar, son destructores de la sociedad, perjudican a millones para llevarse sus coimas junto a los políticos. Y ni que hablar que eso no va a pasar en la Argentina, por más que le pongan toneladas de guita a los medios de comunicación y a los periodistas corruptos.

Es decir, esta frase está inspirada en el empresario más importante en serio de toda la humanidad, que es Elon Musk: La única forma de crecer es resolviéndole problemas al prójimo, por los cuales el prójimo estaría dispuesto a retribuirnos con su dinero. No usar los favores del Estado para cobrar precios más altos.

Ustedes saben que el camino es un sinuoso camino, no es rectilíneo, uniforme y siempre se encuentran una piedra en el camino. Así que, ya saben: ese le pone un montón de guita a periodistas, así que les aviso que a Kennedy yo no lo maté. Ese ya estaba muerto nada más que lo ejecutamos con buenas políticas. 

Y para proveer al resto de bienes y servicios es necesario invertir tiempo y esfuerzo. Aquí es donde entran en juego esos valores judeocristianos que nos hicieron grande. La disciplina, la frugalidad, el trabajo duro, el ahorro y el sentido de vocación, los cuales funcionaron como la matriz cultural en la que pudo emerger el espíritu del capitalismo. Donde, entre otras cosas, la ley decía: no matarás y también decía que no robarás.

Y, por el contrario, en la vereda opuesta, en la vereda de los zurdos y en la vereda de los empresarios prebendarios, está el robo, está la envidia, está la pereza, está el facilismo, está el ventajismo y el resentimiento, los valores sobre los que se sustenta la idea de pretender de ser el dueño de lo ajeno para utilizarlo según nuestra propia voluntad. Si los valores judeocristianos han sido una fuente inagotable del progreso, los antivalores de la izquierda y de los empresarios prebendarios terminan en el otro extremo: pobreza, miseria y subdesarrollo.
Y aquí entra en juego algo crucial, la propiedad privada no es un parche humano que funciona como sustituto temporal de un mundo mejor sin propiedad, como nos han querido hacer creer los socialistas utópicos o los socialistas científicos. No es así. La propiedad privada es la forma que tenemos de capitalizar el fruto de nuestros esfuerzos y se deriva a algo perfecto que es el derecho natural.

No existe algo superador y mucho menos por parte de la legislación humana. La propiedad privada es lo que habilita que seamos dueños de lo que producimos y es lo que habilita que el esfuerzo, el conocimiento y la tenacidad hagan una diferencia en nuestras vidas. Es un principio de justicia moral que nos incentiva a seguir creciendo y desarrollándonos como especie.
Así, su vulneración sistemática por parte de un Estado que se cree más sabio que sus ciudadanos, no es sobre todo un problema de crecimiento, sino una vulneración del principio básico de justicia que el Estado es, en un primer lugar, venir a proteger. Cuando se pone en duda la propiedad privada, se pone en duda aquello que nos hace humanos. No es casualidad que en aquellos países donde la propiedad privada es avasallada, la gente retroceda a costumbres barbáricas de antaño. Y, dicho sea de paso, donde no existe respeto por el derecho a la propiedad privada, probablemente tampoco exista respeto por los derechos naturales, es decir, el derecho a la libertad y el derecho a la vida. Gracias. Y tengo un compromiso para darles a ustedes: Vamos a seguir cambiando hasta que seamos el país más libre del mundo.

Y todo esto está fuertemente relacionado con la ética. Si el ser humano es racional y actúa para prosperar, la ética correcta es aquella que permite el florecimiento humano. Entonces, entran en juego tres ideas fundamentales. La primera es la autopropiedad, bajo la cual toda persona es dueña absoluta de su propio cuerpo y de su tiempo. Es decir, nadie puede agredir o esclavizar a otro sin violar esta norma natural. La segunda es la propiedad privada, es decir, la idea de quien en un mundo de escasez mezcla primero su trabajo con un recurso virgen, o sea, un recurso no apropiado previamente, se convierte así en su dueño legítimo, es decir, el principio de apropiación originaria de Locke. Por eso garantizar esto es fundamental para resolver conflictos de manera pacífica y justa. Y, la tercera, es el principio de no agresión, bajo el cual la ética prohíbe la iniciación de fuerza o amenaza contra la persona o propiedad de otro y por ende todo intercambio debe ser voluntario. Todo intercambio debe ser voluntario, no tratar de utilizar puentes extraños para lograr lo que no se logró por mercado.

Estas son las bases sobre las que debe sustentarse un Estado y es lo que resumimos nosotros al decir que el rol del Estado, digamos, fruto de haber fracasado en lograr una convivencia pacífica con nuestros semejantes, lo que tiene que ocuparse el Estado es proteger la vida, la libertad y la propiedad.

Es así que vemos que el sistema de la propiedad no es otro que el sistema de la libertad, es el sistema que permite que coexisten entre sí las libertades sustantivas realizadas en el mundo de la mayor cantidad de individuos posibles sin que medie la violencia.

Y el mercado no es más que el dispositivo mediante el cual se comercian libremente los títulos de propiedad, tal como reza aquella frase, el comercio es una herramienta pacífica que convierte a los enemigos en clientes y a los competidores en colaboradores, idea que también plasmó Bastiat al decir que donde entra el comercio no entran las balas.

Entonces nuestra labor es construir un mundo ético, porque un mundo ético es un mundo libre y un mundo libre es un mundo pacífico y próspero. Y de estos tres principios nace el capitalismo, el sistema más revolucionario jamás descubierto por el hombre, porque para cambiar el mundo no se necesita derramar ni una sola gota de sangre. Sistema que logró que en los últimos 200 años la población mundial no sólo se multiplicara por 10, sino que además logró sacar al 90% de la población de la extrema pobreza, vaya que es un sistema exitoso a pesar de los gobiernos que interfieren.

Y este resultado se debe a una tecnología social fundamental que Adam Smith calificó como la fábrica de alfileres, que no es otra cosa que las economías de escalas y la existencia de rendimientos crecientes. Sin embargo, los rendimientos crecientes están asociados a estructuras concentradas, por eso gran parte del establishment económico y político ven estas estructuras concentradas de la economía como un problema a solucionar y no una solución de productividad, al margen de que se negocian con uno solo bajo la excusa de que los monopolios hacen daño, y encuentran que pueden hacer negocios juntos. Recuerden que el único monopolio malo es el monopolio que está generado por la ley, porque si en un proceso virtuoso queda un solo competidor, ustedes no tienen por qué agredirlo, salvo que sean un Estado coimero.

En esto entonces consiste claramente la trampa neoclásica, porque justamente bajo esa fantasmagórica idea del Óptimo de Pareto, digamos, lo que se llama el primer teorema de la economía del bienestar, está derivado de una estructura matemática que luego después permite la intervención. Por eso es que a mí me gusta tanto la demostración que hace Hoppe, porque justamente llega al resultado de la mano invisible, pero desde el derecho de propiedad. Por eso cuando dicen que quieren perfeccionar el funcionamiento del mercado atacando -que ellos llaman fallo de mercados-, pero al hacerlo no solo le abren las puertas al socialismo, sino que atentan contra el crecimiento económico y terminan generando la más cruenta de las pobrezas. Y demás está decir que lo que ellos llaman fallos no son fallos, sino la realidad echándoles en cara que sus modelos teóricos son una basura. Entonces lo que buscan ellos no es que su modelo mapee con la realidad, sino que buscan ponerse en el lugar de Dios y torcer y quebrar la realidad para que coincida con sus fracasados modelos.

Por eso las versiones más extremas de este modus operandi siempre terminan en dictaduras salvajes, como las que vimos en Venezuela y en Cuba a lo largo de estos años, por no hablar del estalinismo o del moabismo, cuyas víctimas se cuentan por cientos de millones.

Hoy el mundo está cambiando a gran velocidad y nos encontramos ante un nuevo cambio de paradigma. Estamos en la era internet, donde la información viaja a la velocidad de la luz y se vuelve instantánea. Esto le permite a la ciudadanía auto educarse como nunca antes y pone en jaque a los regímenes autoritarios a mayor velocidad y sus cómplices: los medios de comunicación.

Tomemos, por ejemplo, lo que está sucediendo en Irán, cuya primera respuesta por parte del gobierno sanguinario fue justamente cortar el acceso a internet. O tomemos por caso lo que sucedió en Argentina en 2023, donde gracias a internet y la creatividad popular logramos hacer, entre todos, la campaña política más efectiva de la historia en términos de costos. Y hoy no puedo estar hablando aquí si no fuera por el laburo enorme que han hecho todos ustedes en las redes sociales. Muchas gracias.

Por eso también los socialdemócratas, que no son ni más ni menos que socialistas de buenos modales, buscan constantemente censurar las redes sociales para evitar que el pueblo opine en libertad. Ni les digo si son parte de un medio de comunicación que se dedica a mentir.

Y, por otro lado, ¿vieron qué maravilloso desde que liberamos el mercado de internet? Lo subió hace pocos días Federico. ¿Y cómo era Argentina antes de Starlink y Argentina con Starlink? Me parece que justamente la competencia nos está dando una mejor calidad de vida.

A su vez, internet y todo este caldo de cultivo informático pone ante nosotros un nuevo salto evolutivo de la mano de la inteligencia artificial. Esto es, miren a dónde llegamos como especie, queriendo prosperar, que le estamos enseñando a razonar a un montón de piedras y metales. ¿Entendieron eso? Le estamos enseñando a razonar a piedras y metales. ¡Vaya que es maravilloso el ser humano!

Y como no podía ser de otra manera, nunca faltan los controladores de siempre pidiendo regulaciones y controles sobre la industria naciente. Por eso, y por todo lo dicho antes, tenemos que tener un ojo atento al gigante costo de oportunidad que puede implicar detener el progreso en pos de nociones todopoderosas de seguridad y responsabilidad que proponen estos administradores de dudosa legitimidad.

Argentina llegó al caso, digamos, a una cosa verdaderamente impensada, ¿no? Que políticos populistas sean proteccionistas. Es de no creer ¿no? Digo, claramente, tenemos…digo porque ¿qué sería ser popular? Que la gente pueda comprar mayor cantidad de productos a menor precio ¿no? Pero no, están obsesionados con hacernos pagar caro. Por algo será. No tengas dudas.

Ante el salto de crecimiento que presenta la innovación –cosa que también aprendimos del último Premio Nobel de Economía- los interventores buscan nuevas justificaciones para avanzar sobre la propiedad privada y siembran terror para inventar necesidad como la de una supuesta innovación responsable. Esto constituye, por un lado, lo que Hayek llamaba la fatal arrogancia, dado que, bajo este supuesto esquema de innovación responsable, ellos son jueces y parte interesada de qué constituye efectivamente responsabilidad. Y, por otro lado, presenta un oxímoron, dado que el rol de la innovación es innovar y no se puede conocer ex ante su responsabilidad, sino solamente ex post.

Cuando la innovación tiene lugar, ocurre con ella lo que Schumpeter definía como la destrucción creativa, es decir, un quiebre de lo conocido por sobre lo desconocido. Un ejemplo muy claro de esto es la famosa frase de Henry Ford cuando dijo: si le hubiera preguntado al público qué quería, me hubieran contestado caballos más veloces. Bueno, le contestó con caballos un poquitito más veloces todavía. Por eso tienen caballos.

Cuando se pierde de vista el fundamento moral del sistema que fue el que posibilitó la riqueza y el progreso en primer lugar, argumentos prohibicionistas terminan siendo utilizados para destruir la creación y sumirnos en el estancamiento. En cambio, cuando se le da rienda suelta al sistema de la libertad, que no es otra cosa que el respeto por la propiedad privada, la humanidad florece y resuelve de forma natural sus problemas a través de los mecanismos de mercado.

Por eso hoy Argentina le está demostrando al mundo y especialmente a los partidos de derecha del mundo que el verdadero camino es el de derecha liberal libertaria. Así, hasta que no aprendamos a convivir pacíficamente, la tarea del Estado es que cuide los tres derechos naturales del hombre y que no sean vulnerables por ningún tercero. Para que, con esa seguridad a sus espaldas, los ciudadanos puedan desplegar toda su humanidad y así prosperar.

No le temamos a la innovación. No le temamos a la creatividad y su poder disruptivo. No le temamos a la libertad porque en el agregado no habrá otra cosa que mejorar la vida de todos los ciudadanos y, en última instancia, es lo que volverá a ser grande a Argentina y a Occidente nuevamente. Y esto lo sé porque en el pasado ya lo hemos hecho. Por eso pido que Dios bendiga a todos los argentinos, que las Fuerzas del Cielo nos acompañen y viva la libertad, carajo. Viva la libertad, carajo. Viva la libertad, carajo. Hagamos grande a la Argentina nuevamente. Muchas gracias a todos.