Palabras del Presidente Javier Milei ante alumnos de 4.º y 5.º año de la escuela secundaria del Colegio ORT
En primer lugar, deseo dar las gracias por tener la posibilidad de estar en este momento, en este 90° aniversario, para mí es un placer, es un honor enorme poder estar aquí frente a ustedes y poder brindar esta conferencia. Agradezco a Mauro por permitirme esta posibilidad que fue quien hizo el nexo para que podamos hacer realidad esta conferencia. Si bien entiendo que es una institución laica, pero también es cierto el vínculo con el judaísmo, y yo quiero trasladar qué valores del judaísmo son determinantes en la construcción de nuestra política, en la construcción de las políticas públicas que nosotros aplicamos. Lo que yo voy a estar presentando hoy es el epílogo de mi nuevo libro que se llama “Capitalismo, la Divina Maquinaria del Paraíso” y el libro se llama “La Moral como Política de Estado.” Básicamente nosotros cuando diseñamos una política o enfrentamos un problema y hay que dar la solución, nosotros trabajamos con tres perspectivas. Primero, sobre todas las cosas, una perspectiva basada en la ética y la moral para determinar qué es justo, nosotros no creemos en el relativismo moral, nosotros nos basamos en un conjunto de valores que no son negociables. En esa línea, esa parte analítica tiene cuatro elementos.
El primer elemento es la filosofía griega en términos de cómo los griegos analizaban y planteaban este tipo de cuestiones que uno enfrenta regularmente en la vida, sobre todo cuando tiene que estar tomando decisiones que tienen impacto sobre millones de personas. La segunda parte tiene que ver con la idea de la justicia y el derecho romano. Nosotros, si ustedes se fijan, nosotros nos basamos estrictamente sobre los derechos naturales. De hecho, cuando el derecho natural y el derecho positivo coinciden, esa norma es legítima. Cuando el derecho natural está en contradicción con el derecho positivo, esa norma puede ser legal, pero no es legítima. Esto no es un tema menor porque las principales injusticias pueden estar siendo impulsadas por el propio Estado. Puede tener una pátina de ilegalidad porque eso no lo hace legítimo. Por lo tanto, esa también es una cuestión determinante al momento de mirar si las políticas son éticas, si son morales, en el fondo, si son justas.
El tercer elemento con el que nosotros trabajamos es la perspectiva de los estoicos. Probablemente el mejor ejemplo de un estoico es el caso del rey Salomón. El rey Salomón, al momento de recibir el reino, pide al Creador que le dé sabiduría para diferenciar el bien del mal, coraje para elegir el bien. Porque a veces uno sabe qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, pero requiere coraje para elegir el bien. Y no solo eso, templanza, porque una vez que se pagaron lo que está bien y lo que está mal y lo eligieron, después se tienen que bancar las consecuencias. Y obviamente que cuando uno ocupa un lugar, las características del rey Salomón, cuando le toca a alguien en un lugar como el que me encuentro yo, se pide tener justicia para ser justos, tomar decisiones que sean justas. Este entramado guarda relación con la eficiencia económica.
Ahí, más allá de que haya análisis estáticos y dinámicos, a mí la visión que más me interesa o creo más valiosa es la que hace Jesús Huerta de Soto en su trabajo teoría de la eficiencia dinámica. Y es interesante porque una de las cosas que señala Huerta de Soto es que en el altar de la eficiencia no se puede estar matando a la justicia. Entonces señala que justicia y eficiencia son dos caras de la misma moneda. Algo no puede ser eficiente si es injusto. Y si es justo, inexorablemente va a ser eficiente. Por lo tanto, por eso tiene tanto valor el tema de la determinación de qué es justo o no. Y ahí nos lleva al cuarto punto de esta sección que es en base a qué determinamos que es justo o no. Y es ahí donde entran los valores judeocristianos. Y esto tiene importancia porque no sólo liga sobre lo que nosotros determinamos que es justo o no, sino que además tiene impacto también sobre lo que es eficiente.
¿Y por qué digo esto? Porque cuando uno toma la demostración de la eficiencia del sistema capitalista requiere de un conjunto de valores, requiere de la libertad, requiere del cumplimiento del principio de no agresión que tiene que ver con no matar, respetar la vida, no robar, respetar los contratos. Si ustedes se fijan esos valores están en los propios diez mandamientos. Dicho esto, el cumplimiento de llevar a cabo leyes o medidas que sean justas y que esa justicia esté entrelazada con los valores judeocristianos, conlleva que sea eficiente. Y cuando ustedes hacen eso, esa eficiencia dinámica, conlleva a maximizar el crecimiento, conlleva a maximizar el bienestar. Por lo tanto, cuando sus políticas están alineadas con los valores judeocristianos, están alineadas con lo material y lo espiritual y por esto prosperan. Y si ustedes prosperan, los réditos políticos son claros, los van a acompañar en las urnas. Por lo tanto, esto también significa que Maquiavelo ha muerto porque hacer lo correcto, trae buenos beneficios. Obviamente que siempre hay casos especiales donde, frente al político y la demagogia, uno puede encontrar situaciones en las cuales se genere confrontación en la sociedad. Pero eso, de hecho, nuestros adversarios políticos, estoy siendo generoso porque la realidad es que cuando uno ve lo que hacen, llamarlos adversarios es darle una estatura moral que no les va.
Pero igual, por más sucios que sean, eso no justifica que nosotros tengamos que jugar sucios. Por eso, recientemente se filtró una frase mía que dice, al populismo no se le gana con más populismo, al populismo se le gana haciendo las cosas bien. Porque en los últimos días, meses, hemos tenido cierta presión para modificar el rumbo y ser más laxos. Y eso, al margen de que si uno hace un buen análisis económico terminaría mal, aún cuando terminara bien, sería un contrasentido pretender ganarle al populismo haciendo populismo. Es decir, sería una victoria de la pérdida. Por lo tanto, dado que no estamos dispuestos a negociar nuestros valores éticos y morales, vamos a seguir haciendo lo que está bien y lo que es justo, y no vamos a ceder al canto de las sirenas.
Así es que, eso también es una cuestión porque del otro lado hay gente demagógica que de repente crea situaciones basadas en lo que la literatura llama los mercados redundantes y con eso hacen campañas negativas. La padecí en el año 2023 cuando decían que yo iba a vender órganos, iba a hacer un mercado de órganos, yo que sepa no existe dicho mercado. Dijeron que yo iba a promover la venta de armas en los kioscos de los colegios para que los chicos se mataran durante el recreo. Tampoco pasó eso.
Bueno, ahora el nuevo mercado repugnante sobre el que están trabajando es el de la morosidad. Y es siempre lo mismo. Y son, digamos, argumentaciones para dividir a la sociedad, mercados que claramente generan mucha controversia, y de esa manera ir achicando el conjunto sobre los que pueden adherir a la posición del gobierno. Pero bueno, yo confío en los argentinos. Nosotros vamos a seguir haciendo lo que es correcto y la decisión, en definitiva, va a quedar en manos de los argentinos.
Dicho esto, el libro tiene, como fui desarrollando toda esa idea, en el tomo 1, y en el tomo 2 tiene la aplicación práctica. Es decir, una parte dice esto es lo que digo que hay que hacer y en el otro es, lo hice y estos son los resultados. De hecho hay un tomo 3 que es la bitácora donde están las síntesis de todas las medidas, que es un libro de casi 400 hojas, es la bitácora nada más. Con lo cual es lo que digo y pienso, lo que hice y los resultados.
Pero lo más interesante es lo que me pasó ya casi cuando estaba terminando el libro. Yo suelo tener conversaciones con Alejandro Fantino. Alejandro es filósofo, además es doctor en filosofía y nosotros solemos tener charlas muy profundas donde vamos discutiendo las situaciones que yo enfrento a diario y ponerlo en un contexto filosófico.
Y en una de esas charlas yo venía trabajando una serie de conceptos y había ido a uno de los homenajes al Rebe en el Palacio de Libertad y había habido una frase que me había quedado pegando muy fuerte en la cabeza que decía que la misión no era guiar a los fieles al paraíso sino que había que traer el paraíso a la Tierra.
Y esa frase que se la escuché al Rabino Grunblatt, a mí me quedó resonando y la demostración de Hans-Hermann Hoppe, demostrar la eficiencia del capitalismo de libre empresa en base a valores y utilizando la lógica, es decir, escapando del instrumental con el que trabajé toda mi vida como economista, usando la topología para probar la existencia, la eficiencia, el equilibrio, me encontré con qué era lo que estaba detrás del éxito, de la prosperidad. Y en ese sentido, en estas charlas con Alejandro un día - se imaginarán que, por cuestiones de lo demandante que es mi trabajo, las charlas no son a horarios irrazonables, o sea, son charlas que toman lugar en torno a las 12 de la noche y es una hora a la cual estamos discutiendo de filosofía -. Y en alguna de las discusiones que fui teniendo con Alejandro, con la lectura de Hans-Hermann Hoppe, ni que hablar de mi interacción con el hoy embajador argentino en Israel, Axel Wahnish, y con otros rabinos también con quienes tengo una gran admiración y apreciación como el rabino Pynchas, o Richard Kaufman, o el propio rabino Jacobson en Nueva York.
Fuimos, porque en el fondo fuimos y llegué a esta definición. Y entonces lo que quiero hacer es compartirles este epílogo que tiene elementos de economía, que tiene elementos de política, que tiene elementos de moral y muestra que cuando uno abraza los valores judeocristianos que están contenidos ya en los 10 mandamientos, somos una sociedad con esas características prospera.
Entonces, el texto, el epílogo que se llama Capitalismo, la divina maquinaria del Paraíso, arranca así: “Hay textos que se escriben para informar, hay textos que se escriben para convencer, y hay textos que se escriben porque no escribirlos sería una traición. Este es uno de esos. No lo elegí, me eligió. Y llegado al final, cuando la arquitectura argumental ya cumplió su función y la voz académica ya dijo todo lo que tenía que decir, me queda una sola cosa por hacer: dar testimonio. Porque si hay algo que aprendí es que detrás de cada sistema económico hay una moral primera, detrás de cada política hay una concepción del hombre, y detrás de cada concepción del hombre hay una respuesta, consciente o no, a la pregunta más antigua y más urgente que existe: si hay o no un orden que nos trasciende. Yo encontré esa respuesta, y no puedo callarla. La conclusión a la que he llegado es simple en su formulación y profunda en sus consecuencias. Si uno abraza a los valores judeocristianos, su vida espiritual vibra en la misma sintonía que su vida material, y como consecuencia de esa consonancia prospera. Cuando uno rechaza esos valores, la vida material entra en conflicto con la vida espiritual, y el resultado es la miseria. No es una intuición ni una metáfora, es una ley tan rigurosa como cualquier ley económica, 2 + 2 es 4. Para entender por qué hay que empezar por el principio, y el principio de la tradición hebrea es el Génesis, Bereshit. La Torá no abre con una discusión ni con un mandamiento, abre con una creación, y en esa creación está todo lo que necesitamos saber sobre la condición humana y sobre el orden que Dios imaginó para ella.
El texto dice: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y era bueno en gran manera”. Génesis 1.31. Esa bondad radical del origen es la clave. El mundo que Dios diseñó para el hombre no era un mundo de escasez, era un mundo de abundancia.
Ahora voy a desarrollar que es abundancia, dentro de la Torá, al menos desde el análisis económico. Lo que caracteriza al Paraíso es la abundancia radical, no únicamente la disposición de todos los bienes que uno pudiese desear, sino también la eliminación de la restricción más fundamental que enfrenta al ser humano en la tierra: el tiempo.
Si yo quisiera consumir toda la variedad de frutos que existen, mi problema en este mundo no sería la disponibilidad, sino el tiempo. Pero en el Paraíso hay vida eterna, chayei olam en el hebreo, con lo cual el tiempo deja de ser una restricción. Y en el Paraíso tampoco se amortiza el cuerpo. La maquinaria que habitamos acá no solo se cansa, sino que se desgasta. Tu condición atlética de hoy no es la misma que la de hace 20 años. En el Paraíso esa degradación no existe.
Por oposición, el infierno puede definirse como la miseria radicalizada, la miseria extrema. No solo la ausencia de bienes, sino la presencia del tiempo como peso, como tormento, como un día a día que aplasta sin horizonte. La tradición judía habla del Gehinom, no solo como castigo, sino como consecuencia, el resultado natural de haberse apartado del orden divino.
Acá es donde la reflexión se vuelve más profunda y más incisiva, porque antes de que existiera el Estado, antes de que existiera el mercado, antes de que existiera cualquier sistema que el hombre haya conocido, existía el trabajo. Y el trabajo no nació de la transgresión, nació del diseño. La Torá lo dice sin ambigüedad, “y tomó el eterno Dios al hombre y lo puso en el huerto del Edén para que lo labrara y lo guardara”, Génesis 2.15.
Eso es anterior a la caída, anterior a la transgresión, anterior a la escasez. El hombre trabajaba en el paraíso con lo que podríamos llamar dotación infinita, una capacidad cognitiva infinita, directamente provista por el Creador, que no tenía límites ni declive. Tenía que ponerle nombre a todas las criaturas vivientes, lo que implicaba un dominio total del lenguaje, la biología, la anatomía, la geología y la taxonomía. No lo aprendió, lo sabía, porque el uno se lo había dado.
Hoy con toda la inteligencia artificial disponible, con todos los modelos de lenguaje y sistemas de cómputos que la humanidad ha construido, no hay ninguno que se aproxime siquiera a la capacidad cerebral que tenía el hombre antes de la caída. El almacenamiento, el procesamiento, la competición que operaba en Adán era incomparablemente superior a cualquier inteligencia artificial actual y a todas juntas. No porque el hombre fuera más inteligente en un sentido biológico, sino porque operaba con dotación divina, con la provisión directa del Creador. Trabajaba, pero no sudaba. Producía, pero no escaseaba. Esa es la condición original. Trabajó en obediencia al Creador con dotaciones infinitas, dentro de un orden que no le restringió, sino que lo complementó. Y entonces dice la Torá, que todo árbol del huerto podrás comer, salvo el árbol que no se podía tomar. Génesis 2.16, el árbol prohibido. No de algunos. No se usa capacidad de todo. Es de abundancia radical. Eso es el paraíso. Y después vino la caída. Con la caída vino la pérdida.
Pero es fundamental entender qué se perdió y qué no. Lo que se perdió no fue el trabajo. Lo que se perdió fue la dotación divina con la que el hombre trabajaba.
Antes de la caída, el hombre tenía acceso directo a la provisión del Creador. Dotaciones infinitas, capacidad cognitiva sin límite, conocimiento sin esfuerzo. Después de la caída, todo se quedó clausurado.
Las dotaciones pasaron de infinitas a finitas. La capacidad cerebral se redujo a una fricción de lo que era. La tecnología del paraíso no era necesaria porque el Creador lo veía directamente. Se convirtió en algo que el hombre debe descubrir por sí mismo con esfuerzo, con error, con tiempo. Y apareció lo que la Torá describe con una precisión brutal: con el sudor de tu frente comerás el pan.
Es decir, Génesis 3.19. El mismo trabajo, pero con una herramienta rota. El mismo mandato de producir y crecer, pero ahora con escasez, con esfuerzo, con límite. Y en ese momento, en el mundo poscaída, en el mundo con dotaciones finitas y tecnologías que hay que descubrir, el hombre tiene que elegir cómo organizarse.
Y aquí está el punto que quiero subrayar con fuerza. El capitalismo es el sistema que Dios preparó a través de una ley para que después de la caída el trabajo continuara. No lo inventó el hombre.
El hombre lo descubrió al obedecer. Está inscrito en los diez mandamientos, en el orden moral que el Creador estableció antes de que existiera cualquier Estado o cualquier mercado. No restaura la dotación divina que se perdió.
No devuelve al hombre la capacidad infinita que tenía en el Edén. Pero es el único sistema que, en consonancia con la ley de Dios, permite que el hombre trabaje, innove, descubra tecnología y genere prosperidad dentro de sus condiciones actuales. Y más aún, es el camino que, al alinearse con esa ley, permite traer el paraíso a la Tierra.
No el paraíso de las dotaciones infinitas, ese lo perdimos, sino el paraíso posible, la abundancia radical dentro del mundo caído, logrado por la obediencia al orden divino. Las condiciones que el capitalismo necesita para funcionar están escritas en los diez mandamientos. Esto no es una metáfora ni una analogía, es una estructural que quiero destacar con toda la precisión que merece.
Y para hacerlo hay que empezar por el principio, por el verdadero principio, el primer mandamiento en la versión judía de la Torá. En el judaísmo, el primer mandamiento no es una orden en sentido estricto, es una declaración. Está en el libro de Shemot, el Éxodo, de la Parashat Itró, y dice, yo soy el Eterno, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud. Shemot 20.2. Es decir, está la declaración de la libertad. Los diez mandamientos arrancan con la declaración de la libertad.
Es decir, Dios no comienza con una prohibición, comienza con un acto de liberación. Se presenta como el que rompe cadenas, como el que saca al hombre de la esclavitud. Es el fundamento de todo lo que sigue.
Antes de decirle al hombre qué no puede hacer, Dios le recuerda quién lo hizo libre. La libertad no es una conquista humana, es un don divino. Y de ese don surge la responsabilidad de no esclavizar al prójimo, de no someterlo, de respetar irrestrictamente su proyecto de vida.
Eso es el liberalismo en su esencia más profunda: el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de la no agresión y en la defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. No es una ideología de laboratorio, es la consecuencia directa del primer mandamiento. A su vez tenemos «no matarás», que es la defensa absoluta del derecho a la vida. Sin ese derecho no hay proyecto de vida posible, no hay propiedad que valga, no hay contrato que tenga sentido. Es el mandamiento que establece el principio de no agresión en su forma más pura. Nadie puede iniciar la fuerza contra otro.
La vida del prójimo es inviolable, su cuerpo es inviolable, y la inviolabilidad es la condición de posibilidad de toda convivencia libre. Otro mandamiento que también tiene un rol fundamental es «no robarás». Sin propiedad privada no hay mercado. Si el fruto de mi trabajo puede ser confiscado por otro, ya sea un ladrón o un Estado que redistribuye por la fuerza, desaparece el incentivo a producir. La propiedad privada no es una convención humana arbitraria, es el reconocimiento de que el trabajo del hombre le pertenece, porque el creador mismo lo instruyó así. Esto le vendría bien a los periodistas...
Si quieren hacerlo más fuerte se los voy a festejar.
No darás falso testimonio. Sin verdad en el contrato no hay trato posible. El mercado libre es, en su esencia, un sistema de intercambio voluntario basado en información veraz. La mentira lo corrompe, el fraude lo destruye. Por eso, la honestidad no es una virtud opcional dentro del capitalismo, es una condición necesaria.
También tenemos «no codiciarás». Sin respeto por lo ajeno no hay convivencia pacífica. La codicia, el deseo de apropiarse de lo que le pertenece al otro, es exactamente el combustible moral del colectivismo y del marxismo.
La Torá lo prohíbe porque destruye el tejido de confianza sobre el que se construye cualquier orden social libre. Son las mismas normas que en el judaísmo se llama mitzvot lo taaseh… lo voy a decir en español, el no-hacer. Perdón porque mi hebreo no está a la altura de las circunstancias, pero sepan entender mi buena voluntad. El no-hacer es la valla que protege la convivencia libre entre individuos. Y son también la columna vertebral del cristianismo en todas sus tradiciones.
El sistema que respeta esas normas, el sistema que hace de la propiedad privada y del contrato voluntario sus pilares, es el sistema que está en consonancia con la ley de Dios y esa consonancia no es accidental, es estructural. Hans-Hermann Hoppe demostró con rigor filosófico que la combinación de dos principios, el principio de no-agresión que surge del no-matarás y el principio loquial de la apropiación originaria que surge del no-robarás, es la única base posible para un orden social justo y eficiente. El trabajo del hombre sobre los recursos que nadie ha reclamado genera propiedad legítima.
Esa propiedad, protegida por la no-agresión, genera intercambio voluntario y ese intercambio voluntario, libre, es el motor de la prosperidad. Jesús Huerta de Soto lo precisó con un concepto de eficiencia dinámica. Ese sistema no solo es justo, sino que además maximiza el crecimiento económico a largo plazo, liberando la creatividad empresarial, descentralizando el conocimiento y convirtiendo la libertad en el camino más corto hacia la abundancia, el camino de vuelta al paraíso.
Es por eso que el capitalismo, y no otro sistema, es el que deriva en la abundancia radical. Hay una enseñanza que escuché en una conferencia conmemoración del Rebe, en el Palacio Libertad, y que desde entonces no me abandona. La misión no era guiar a su pueblo a la tierra prometida, sino traer el paraíso a la tierra.
La razón es aún más profunda, porque Dios desea tener una morada en el mundo físico, en los reinos inferiores. No somos nosotros los que intentamos alcanzar el cielo. Es el Creador, es el que quiere habitar la tierra.
El gobierno total, eterno y final de Dios no es en los cielos, es en la tierra. Esa enseñanza tiene sus raíces en la Torá. En el libro de Levítico, el Creador promete: Si anduvieras en mis estatutos y guardaras mis mandamientos, y los pusieras por obra, yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol del campo dará su fruto.
Levítico 26.3.4 La prosperidad material es la consecuencia natural de la obediencia espiritual. El paraíso no se alcanza, se trae. Y se trae cumpliendo la ley de Dios, aquí, en esta tierra, en este tiempo.
Y también, digamos, desde el punto de vista cristiano, está lo que el cristianismo define como el Padre Nuestro. Porque dice…, la oración no dice ‘vamos nosotros al reino’. Dice ‘venga a nosotros tu reino, así en la tierra como en el cielo’.
El paraíso viene a nosotros. A nosotros que lo perdimos, que fuimos expulsados, que no podemos volver por nuestros propios medios. Por eso el Creador viene a nosotros.
Porque nosotros perdimos ese lugar, y ya no podemos recuperarlo solos. Así en la tierra como en el cielo, no es una forma litúrgica. Es un programa.
Es traer el paraíso a la tierra, y para traerlo, el hombre debe cumplir la ley de Dios. Digo, para ponerlo más simple, es, con la transgresión fuimos expulsados del paraíso. No vamos a poder volver al paraíso.
Ese paraíso donde teníamos dotaciones infinitas, tecnología infinita, conocimiento infinito, de la mano del Creador, lo perdimos. No vamos a poder volver. Y esto, digamos, casi armó dos metáforas, pero el Creador nos tiró una tabla, ¿no? Es decir, nos tiró la tabla de la ley, y si cumplimos la tabla de la ley, vamos a progresar, y vamos a lograr replicar las condiciones del paraíso en la tierra.
Lo que necesitamos para lograrlo es cumplir la ley del Creador. Al cumplir la ley del Creador, vas a tener un sistema económico que es justo, que es eficiente y que además maximiza el crecimiento y por ende te deriva en abundancia radical. Ese es el capitalismo en consonancia con los valores judeo-cristianos, el camino del regreso.
No el paraíso mismo, ese lo perdimos, sino el sistema que dentro de las condiciones del mundo caído más se aproxima a él. Sin embargo, cuando uno rechaza la ley de Dios, cuando adscribe al marxismo, el resultado no es incierto. El marxismo no es simplemente una teoría económica alternativa con errores técnicos corregibles. Es algo mucho más serio. Se autodeclara como una teoría satánica. Marx era satanista.
Sus propios textos de juventud lo revelan, el drama Oulanem, anagrama de Manuel, nombre bíblico de Cristo, es un himno a la destrucción y el odio contra el Creador. Cito textual: “pronto abrazaré la eternidad y lanzaré gigantescas maldiciones a la humanidad”, escribe Marx en ese texto. Richard Wurmbrand lo documentó con rigor en su libro Marx y Satanás. Los textos existen, están publicados, están disponibles para quien quiera leerlos.
No es una acusación retórica, es una descripción de la conmovisión que es la raíz del sistema. Y esa conmovisión engendra en conjunto valores morales que son exactamente opuestos a los valores judeocristianos, que son la envidia, el odio, el resentimiento y el trato desigual ante la ley. Y en su expresión más consecuente, ese sistema implica, en función del objetivo del grupo, el exterminio físico de individuos. No es una posibilidad teórica, es la historia verificable de todos los regímenes que abrazaron ese programa. Más de 100 millones de muertos y la miseria sistémica de los pueblos que cayeron bajo su dominio. Lo que el marxismo hace, en su esencia, es ocupar el lugar del creador. Así como en la caída nació el deseo de ser como Dios, seré como dioses, le dijo la serpiente a Eva Génesis 3.5, el marxismo instala al Estado total, el Estado sin límites, el Estado que lo abarca y lo controla todo, en el lugar del uno. Él decide qué es lo justo, él define qué corresponde, él distribuye lo que no produce. No es el Estado como herramienta agotada al servicio del orden, es el Estado como Dios sustituto, como poder absoluto y sin rendición de cuentas ante ninguna ley que lo trascienda. Es el intento más ambicioso y más devastador de reemplazar el orden divino por el orden humano. Y el resultado siempre es el mismo. Es el mismo miseria, muerte, infierno en la tierra, mientras que el programa de Dios trae abundancia y armonía espiritual y material. El programa marxista es un programa satánico que en lugar de traer el paraíso, te trae el infierno. Es el programa opuesto al programa de Dios. La elección no es política, la elección es moral. La Torá cierra el ciclo con una calidad que no admite interpretaciones sin las redes. En el libro de Deuteronomio, como el Moisés le habla al pueblo antes de entrar a la tierra prometida. Mirá, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal, porque yo te mando hoy que antes llames al Eterno, tu Dios, que andes en sus caminos y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, para que vivas y seas multiplicado y el Eterno, tu Dios, te bendiga. Deuteronomio 30, 15-16. La vida y el bien de un lado, la muerte y el mal del otro. No hay tercer camino. No se dejen engañar. No hay tercer camino. O eligen el bien o eligen el mal. Elegimos el bien, prosperamos. Elegimos el mal, nos hundimos. No hay mucho más que hacer. Está todo dentro de nuestras manos. Eso es lo que este libro intenta transmitir en el lenguaje de la filosofía y de la economía, pero con una convicción que viene de más arriba, que hay un orden moral en el universo, que ese orden tiene consecuencias materiales completas y que el hombre libre, que honra la ley de Dios, está construyendo ladrillo a ladrillo, sudor a sudor, el único país, el paraíso que nos está permitido edificar en esta vida. No el paraíso que perdimos, el que podemos traer, el que se trae con obediencia, con trabajo, con libertad, el que se trae cuando uno elige la vida y el bien, y le da la espalda de una vez y para siempre a la muerte y el mal. Esa es la batalla, y en esta batalla estoy con todo. Todo esto vale para el otro individuo bajo, pero la Torá no se detiene ahí, va más lejos. Por lo que es verdad para el individuo es también para las naciones. Lo que es verdad para las naciones es especialmente verdad para quienes la gobiernan. El gobernante que honra la ley de Dios no sólo prospera a él, hace prosperar a su pueblo. El gobernante que la rechaza no sólo cae a él, arrasa a su pueblo a la miseria.
Esa es la responsabilidad más pesada que existe, y la Torá la establece sin eufemismo. En el libro de proverbios está escrito: «Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra, cuando domina el impío, el pueblo gime». Proverbios 29.2. En el Deuteronomio, Moises le dice al pueblo antes de entrar en la tierra prometida: «Ponéis rey sobre ti, que no aparte su corazón de los mandamientos, para que prolongue los días en su reino, él y sus hijos, en medio de Israel».
Deuteronomio 17.15.20. El rey que obedece la ley perdura, el pueblo que obedece la ley prospera. La nación que honra el orden divino recibe la bendición de ese orden, y la que lo rechaza recibe su consecuencia, no como castigo arbitrario, sino como resultado lógico, inevitable, inscrito en la naturaleza misma de las cosas desde el principio de los tiempos. Yo lo entendí, y es por eso que gobierno como gobierno, el que tenga oídos, que oiga, el que no quiera oír, que se haga cargo de las consecuencias.
Que Dios bendiga a los argentinos, que las fuerzas del cielo nos acompañen, ¡y viva la libertad carajo!