Discurso del Presidente Javier Milei tras recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Ludovika de Budapest
Buenas tardes a todos. Muchas gracias a las autoridades de la Universidad Ludovika de Servicio Público por haberme honrado con este Doctorado Honoris Causa. Gracias también a todos los presentes por su cálido recibimiento.
Por último, pero no menos importante, muchas gracias a mi amigo Víktor Orbán, a las autoridades de Hungría y a todas las personas que nos han acompañado durante nuestra estadía en este hermoso país. Nos han hecho sentir como en casa. Me llevo a Argentina los mejores recuerdos por esta visita.
Este reconocimiento tiene una dimensión profunda, porque expresa una afinidad de valores, una coincidencia en la manera de entender el mundo y el rol que deben cumplir las instituciones en una sociedad. Vivimos en una época en la que muchas de las certezas que parecían inamovibles han comenzado a resquebrajarse. Y la Argentina es un ejemplo paradigmático de esto.
Nosotros parecíamos condenados al fracaso. Como muchos de ustedes saben, el día en el que asumimos nuestro mandato, el 10 de diciembre de 2023, la República Argentina se encontraba a las puertas de lo que podría haber sido la peor crisis de toda su historia. Estábamos —otra vez— al borde de una hiperinflación, la tercera de nuestra historia. La pobreza superaba el 50% y la pobreza infantil había trepado hasta el 70%. La misión irresponsable de nuestros predecesores los había llevado a emitir el equivalente a 13 puntos del PBI durante su último año de gobierno, o mejor dicho, desgobierno, en una maniobra desesperada por ganar una elección. Todo esto sumado a una persistente decadencia que ya llevaba un siglo carcomiendo la riqueza y la moral de nuestro noble Pueblo Argentino.
Yo no tengo que enseñarles a ustedes el significado de vivir bajo un régimen de estas características. No pretendo darles una lección de lo que es padecer los efectos del socialismo, cuando ustedes mismos han vivido detrás de la Cortina de Hierro. En este sentido, me inclino ante el pueblo húngaro por su tenacidad y su resiliencia. Su historia es testimonio de la fortaleza del ser humano, aún en los momentos más oscuros. Hungría conoce de primera mano las consecuencias del colectivismo y la negación de la libertad. Los países que han vivido bajo regímenes colectivistas desarrollan una sensibilidad especial frente a cualquier intento de reeditar esas ideas, cualquiera sea su etiqueta. Hungría es un ejemplo de esa conciencia histórica.
Hoy, además, se sostiene con claridad que cada Nación tiene el derecho de decidir cómo organizarse, cómo gestionar sus fronteras y preservar los rasgos que le definen como comunidad. En efecto. la inmigración descontrolada sin integración desarticula el orden social. Cuando no existen reglas claras, cuando no hay un marco de integración y cuando se desconoce la cultura de la comunidad que recibe se termina generando desgracias evitables.
Por todo esto, estoy convencido de que hay una experiencia compartida que nos hermana como naciones. Ambos sabemos qué se siente que nos roben el futuro. Vidas enteras, generaciones desperdiciadas bajo el yugo de un aparato opresor dedicado a enjaular al espíritu humano, cuya libertad siempre ha sido la peor amenaza para las tiranías.
Por eso, para mí este Doctorado Honoris Causa es un símbolo de ese amor por la libertad que nos une. Representa la experiencia compartida de nuestros pueblos. Ya sabemos lo que es estar del otro lado, y por eso valoramos nuestra libertad como aquel que sabe lo que es haberla perdido. Y sabemos mejor que nadie, como ya se ha dicho, que el precio de la libertad es la eterna vigilancia.
Por eso que Dios bendiga a los argentinos, que Dios bendiga a Hungría, que las fuerzas del cielo nos acompañen. ¡Viva la libertad, carajo! Y muchísimas gracias.